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Wednesday, 12 February 2014

Las 24 horas. Capítulo Final: Cerrando Círculos


Pasaron tantos años, creo que 16. La vida siguió. Daniel volvió casi cada año a San Miguel. El resto de la familia sigue allí. Amigos y compañeros de la infancia también. Las costumbres diarias casi no han cambiado. Al principio le producía una cierta nostalgia volver. Hace tiempo había escuchado una frase que decía algo así: lo difícil de volver cuando uno se ha ido mucho tiempo no radica en que las cosas hayan cambiado mas en que aun sigan igual. Cuando lo escuchó por primera vez lo entendió literalmente. Y sí, tuvo miedo de volver. Cuando llegó, quiso huir. Se ahogó en su propio ser esos días. Ahora comprendía: la frase no se refería a los demás. Se refería a él.
Es que aventurarse al mundo como lo hizo y volver al punto de partida siendo el mismo definitivamente hubiera sido triste. Debería ser por eso aquellas sensaciones encontradas hace tiempo. Pero, con las cosas y personas y situaciones que había vivido, sobrellevado y soportado o que le pasaron por encima en el trayecto, hoy se sentía cansado pero sólido por primera vez en la vida.
Vivía en Buenos Aires. Después de idas y venidas, terminó la Universidad solamente un año más tarde de lo planeado (que de todas maneras lo llevó a terminar exactamente de acuerdo al plan oficial de la carrera). Había cambiado varias veces de trabajo. Había sido protagonista en varias camas ajenas pues prefería mantener la suya para el descanso. De parejas, no le aparecieron, o mejor, no las escogió pese a la abundante oferta. Comprendió hace tiempo que la soledad no era su enemiga ni un estado, era una decisión.
A veces la vida nos lleva a lugares físicos y no físicos y debemos entregarnos. La mayoría teme perderse, equivocarse, no volver a encontrar el camino. Daniel se perdió. Se animó a perderse. Pero perderse, entregarse, implica rendirse, dejarse llevar. Cuando nos dejamos llevar y estamos por entero entregados en cuerpo, mente y espíritu, y a la vez logramos ser presentes, fuerzas que todos sentimos, intuimos, mas no todos queremos aceptar, vienen en nuestra ayuda, nos iluminan. La mente se aclara no porque sabemos que la ayuda está en camino sino porque le quitamos poder a lo que nos sucede o acontece. Y quitándole poder simplemente aceptando aquello que nos sucede o nos acontece evitamos envolvernos en situaciones inútiles de pensamientos sin uso. Es que las cosas son como son. Tan obvio, tan simple.
Si sabemos escuchar, si abrimos nuestro entendimiento y confiamos, nos abrimos al mundo, el mundo se abre ante nosotros, nos da las respuestas que necesitamos cuando las necesitamos. Estar presente, ser, no requiere de tiempo… solamente de un cambio interno. Porque cualquier cambio que deseemos ver en el mundo refleja algún aspecto de nuestro ser que queremos modificar.
En esas situaciones es fácil confundir al otro con algo que necesitamos. De allí, el otro pasa de ser sujeto a objeto de alguna de nuestras tantas necesidades. Luego de un tiempo en que las cosas parecerán funcionar bien, el otro se aleja, no se comporta de la manera que buscamos, o simplemente no cubre nuestras necesidades. Aceptar lo que es implica dejar de mentir, de mentirnos y evadirnos. El otro no cubre nuestras expectativas (ni nunca lo hará) porque la respuesta nunca estuvo fuera de nosotros.

Wednesday, 29 January 2014

Las 24 horas. Capítulo Once: Amores extraños


“Ya sabía que no llegaría, ya sabía que era una mentira. Cuanto tiempo que por él perdí… Son amores problemáticos, como tú, como yo…. Es la espera en un teléfono, la aventura de lo ilógico…” Laura canta desde el reproductor de discos compactos. Daniel había vuelto a Buenos Aires, ahora en un departamento amplio entre La Boca y San Telmo.

Techos altos, habitaciones de proporciones generosas, alquilaba la parte superior derecha (la mitad en realidad) de una especie de enredo de edificio. Es que San Telmo y La Boca aun guardan la magia de aquellos días de inmigrantes llegados a la nueva tierra llenos de esperanza con solamente sueños en los bolsillos. Los que llegaban al puerto de Buenos Aires lo hacían justamente por La Boca. Algunos fijaban raíces inmediatamente allí, a metros del desembarque. Y es así que nacieron los conventillos. Primero, a la calle, una puerta ancha y alta o dos puertas angostas y altas, generalmente de madera noble y oscura, a veces con vidrios reparticos de un color impenetrable y picaporte de bronce. Al abrirla, uno encuentra incluso hoy un largo y angosto pasillo de techo alto y piso de lajas o cerámicos cuadrados, generalmente blancos o negros, salpicados de manchas también blancas o negras semejando mármol. Inmediatamente después de la estrechez del pasillo, el gran patio. Muchos, muchos años antes, estos patios contaban al centro con un aljibe. Algunos pocos sobreviven en Buenos Aires. A cada lado del patio, en cada uno de los cuatro costados, puertas: dos contiguas al pasillo, dos a la derecha, dos a la izquierda, y dos al frente. Haciendo esquina entre la pared del fondo y de la derecha, casi a manera de acuerdo implícito entre los constructores de la época, los piletones para lavar la ropa a mano, con dos o tres canillas que sólo contaban y cuentan con agua fría. Junto a los piletones, la escalera algo angosta lleva al primer piso. La distribución de puertas se repetía.

Daniel había logrado ponerse en contacto con uno de los inquilinos, Marcia López, gracias a una nota a mano alzada a manera de aviso que encontró fijada en la Facultad entre tantos otros avisos. Marcia, como tantos otros estudiantes y trabajadores del interior, se había mudado a Buenos Aires en busca de un futuro mejor. La dueña del conventillo la había designado como administradora de hecho, cosa que a Marcia le venía bien pues a cambio contaba con un techo a mitad de precio de manera que podía ahorrar parte de lo que recibía como moza para enviar a sus padres, ya ancianos. Además de Marcia, prostitutas, bohemios, drogadictos y profesionales completaban el pintoresco paisaje.

Le tocó en suerte la puerta del primer piso, la del fondo a la derecha. Digo puerta pues no era solamente una habitación. Al abrirla daba al primer cuarto, que a su vez se comunicaba con otro algo más pequeño, la pieza. Del otro lado, otra puerta que daba al baño, compartido con la siguiente habitación y el inquilino de turno. El precio fijado por el alquiler más que razonable. La crisis en que Argentina caía de nuevo y la mala reputación del barrio, o al menos de esa parte del barrio, ayudaban. Y luego de vivir en Madrid entre locos y cuerdos, esto le pareció un paraíso.

 

Se había recibido. Trabajaba en una compañía importante en el centro, una multinacional que prometía una carrera que lo llevaría por varios rincones del mundo. Era cierto, poco más de un año de comenzar con ellos tendría el ofrecimiento de ser trasladado a la sede principal en Madrid, cosa que haría sin dudarlo.

De la familia, poco y nada de contacto. Seguía manteniendo la comunicación telefónica semanal con el padre más por costumbre que por sentimiento. El padre vivía ahora solo en la gran casa familiar, y como esos muebles que quedan arrumbados y en desuso y nadie recuerda, lo encontraba cada día en los mismos lugares con las mismas rutinas esperando reencontrarse cuanto antes con la compañera que se había ido de viaje. Con los hermanos el contacto era inexistente. Los vería de hecho en ocasión del funeral del padre años mas tarde.

 

Amigos no tenía en Buenos Aires, en Madrid, y en San Miguel eran aquellos de una infancia olvidada, dejada atrás, muy atrás. No había razón alguna para volver a ella. Conocidos a montones tanto en la Facultad como en la multinacional. Cenas de negocios, almuerzos a las corridas entre reunión y reunión, algún que otro café con colegas y clientes lo llevaron a tejer una telaraña de contactos invisible pero tan sutil como sólida. Le permitiría tener una carrera meteórica con dirección a Madrid.

 

Relaciones de pareja, esporádicas si merecen algún mote. Por desanimo, por miedo, por no echar el ancla, por seguir volando, u otra razón, o todas ellas juntas, no había relación que le durara. Al principio, cuando volvió a Buenos Aires, hizo como en Madrid. El sexo por deporte y esporádico le venía bien para descargarse y conocer cuerpos ajenos y el propio. Luego de hartarse ya que más calidad era cantidad, sin hacer asco de nada ni nadie, terminó por completo con esas aventuras. Para cuando lo hizo, contaba con una agenda completa de regulares para saciar el vientre. Del alma no se ocupada. Estaba tranquilo, en su centro. Entendía bien ahora que no era el tiempo de amarrarse a otro ser, que nunca lo sería. Y entendió finalmente que aquel tiempo de Pablo, aquellos años en realidad no fueron más que una estratagema inconscientemente diseñada, inteligentemente creada para mantenerlo vivo, esperanzado en algo, en alguien, que era inexistente, o mejor,  creado, pero que a la vez le daba entidad, lo hacía sentir ser. Solamente luego de dar tumbos y círculos en la vida que lo harían pasar por las mismas situaciones una y tantas veces lo abrirían al entendimiento final que lo haría trascender más allá de los demás, de las circunstancias. Se desidentificó. No necesito más de Pablo, ni de ningún otro u otra. No necesitó de Madrid, Buenos Aires o San Miguel para definirse. Se perdió. Y solamente cuando se perdió entendió, se encontró.

 

 

 

Wednesday, 22 January 2014

Las 24 horas. Capítulo Diez (segunda parte): Vuelta al "Tren a Ezpeleta"


 

Primero fue un cuchicheo. Se abstrajo observándolo todo en la habitación. Mas ahora, el tono de voz del padre aumentaba con cada frase. Indudable, Pablo no tenía intención alguna de salir al encuentro. O al menos eso parecía.

Al rato el padre sale por la misma puerta por la que había desaparecido. Le comenta que Pablo ya llegaba, que había estado indispuesto o algo así y que por eso se demoraba, que le pedía disculpas, y algunas explicaciones más que sonaban a pretexto.

Recién en ese momento el padre se da cuenta que no había ofrecido si quiera agua al invitado, quien hacía ya casi una hora estaba sentado a la mesa esperando. Cuando por fin iba a hacer la pregunta, aparece Pablo. Como si alguien le hubiera hecho un gesto o dicho algo, el padre saluda a Daniel y sin más se despide, saliendo por la puerta de entrada.

Primero, silencio. Pablo dio unos pasos pero luego se quedó inmóvil a la cabeza de la mesa, sin decir palabra. Daniel se incorporó. Había imaginado este momento incontables veces. Lo había ensayado, modificado, y vuelto a ensayar mentalmente. Ahora que estaba allí solamente atinó a levantarse, dirigirse hacia Pablo y darle un beso en la mejilla como si se hubieran visto el día anterior. Volvió a su lugar, se sentó. Pablo tomó asiento también. Sin palabras aun.

Daniel inició la charla con preguntas generales y en piloto automático, sin prestar atención alguna a las respuestas— ¿Cómo estás?, ¿Qué es de tu vida?, ¿Cómo anda el trabajo?, y demás protocolo social. El otro, apenas contestaba—bien, todo igual, algo lento con esta crisis. Acto seguido, Daniel hizo un resumen de acontecimientos desde el día en que se conocieron hasta los últimos eventos. A Pablo poco le interesó el relato. De hecho sólo pareció importarle la mención de Madrid. Pasó por alto Buenos Aires, la Universidad, la situación familiar, y todo el resto. Pero, cuando mencionó Madrid, se le abrieron los ojos y cambió hasta la postura, se sentó erguido. — ¿Cómo es Madrid?, ¿Los españoles?, ¿Se vive bien?, ¿Hay trabajo?, ¿Cómo es la noche madrileña?, ¿Se liga?

A Daniel le resultó extraño. Sintió algo definitivamente raro, pero no entendió porque en ese momento. Lo haría tiempo después. Ahora, como parecía ser el único tema de conversación que despertó el interés del interlocutor, procedió a dar detallada cuenta de cuanta información le era requerida. Tanto fue el interés por las salidas nocturnas, fiestas privadas, y demás experiencias con otros que tuvieran que ver con lo sexual y el places que Daniel comenzó a sentirse incómodo y, a la vez, sin respuestas. Si bien su experiencia era basta, no lo era tanto, y tampoco le interesaba dar cuenta de ella. No había participado de eventos así, y de hecho, ni siquiera había pensado acerca de la mayoría. Tampoco se hubiera imaginado hacerlo, no por desconocimiento o temor, sino porque no le interesaba ese estilo de vida.

Cambió de tema abruptamente. El otro intentó seguir con el interrogatorio pero se encontró con un muro, monosílabos o pretendido desconocimiento acerca del tema. La conversación se estancó nuevamente. Daniel sentía sobrar allí. No por incomodidad o no ser bienvenido. No era ese su lugar. Cada partícula del ser se lo estaba diciendo, gritando. Se incorporó, preguntó la hora, y sin escucharlo, dijo que era tarde, que tenía que volver a la estación a tomar el tren de vuelta a Constitución.

Pablo, como salido de un trance, se perturbó algo por el cambio de dirección. Estaba acostumbrado a guiar, marcar la dirección, y no entendió bien esa falta de cooperación. Ofreció acompañarlo hasta la estación primero, y luego de la negativa de Daniel a la oferta, insistió enérgicamente— ¡es lo menos que puedo hacer después de tantas molestias que te has tomado!—Daniel asintió con la cabeza pero no pensaba. Ya tenía la mano en el picaporte de la puerta de entrada y estaba listo a emprender la vuelta. En su interior había terminado la página, la había dado vuelta, y se había encontrado sin esperarlo con el final del capítulo.

La próxima media hora la pasarían caminando y esperando el tren, sin mucho intercambio de palabras. Daniel no tenía deseos de continuar hablando. Sentía que cada frase era un esfuerzo, y con cada una se cansaba. Pablo mostraba seguir interesado pero solamente en un tema: cómo llegar a Madrid y establecerse allí y, de ser posible, trabajar en la noche. Daniel ya no escuchaba. La voz del otro pasó a mezclarse con el sonido ambiente. Primero, impaciente por la llegada del tren. Luego, abandonado en su cuerpo, con una sensación de calma que no había sentido hace tiempo y que, sin embargo, era la primera vez en que le era evidente. El interlocutor estaba físicamente a su lado pero podría haber sido cualquier otra persona en cualquier otro lugar. Estaba más allá. No se esforzaba en ignorarlo, le era indiferente en lo absoluto. Tampoco era asco lo que le producía, ni lástima, ni rechazo. Era nada. Llegó a preguntarse asimismo qué hacía allí, quién era ese a su lado que le estaba hablando, que movía los labios y le dirigía la mirada.

El tren llegó puntual. De tres pasos, Daniel se acercó a uno de los vagones y tomó el estribo para subir. Sintió una mano en el hombro derecho que le impidió hacerlo. Era Pablo. Comprendió que había sido acompañado a la estación. Recién en ese momento entendió que estaba en Ezpeleta. Reconoció al que estaba frente suyo mirándolo. Lo sobrevino una sensación de profunda incomodidad. El otro se le abalanzó para abrazarlo y despedirse. Daniel se hizo a un costado y extendió el brazo para darle la mano. Pablo, perplejo, estiró el brazo también. Se saludaron como dos colegas despidiéndose al terminar una reunión de negocios. Daniel le dio la espalda, tomó el estribo, y en tres o cuatro trancos, desapareció en el vagón. El tren comenzó a moverse lento. Una, dos, tres pitadas. Pablo quedó parado, inmóvil, hasta que el tren se desdibujó a la distancia.

Wednesday, 15 January 2014

Las 24 horas. Capítulo Diez: Vuelta al "Tren a Ezpeleta"


Se quedó allí, sentado contra el poste de luz por horas. Se había dormido, vencido por el cansancio, la espera y el aburrimiento. Lo despertó un perro que al pasar se le acercó a olerlo. De un salto estaba de pie. Eran las 6:30 de la mañana. Decidió esperar un poco más para golpear. Pensó en caminar algo, dar vueltas. Pero de inmediato se sacudió esas ideas. No quería tentar la suerte y que justamente mientras caminaba, el otro desapareciera, se hiciera humo nuevamente. Tomó el puesto, el de la esquina, con renovada disciplina, esta vez parado para que no lo vencieran el cansancio ni el sueño. Pasaron las 7, se hicieron las 8. Un hombre salió por el espacio que parecía un garaje. De mediana estatura, cabello corto y gris, vestía camisa a cuadros azules con grandes rayas blancas, pantalón de algodón gris, de esos que se usan en talleres mecánicos, unas pantuflas o sandalias. No pudo verle la cara a la distancia así que sin dudarlo un segundo, se acercó, estiró la mano derecha, y se presentó.

 
Sin que el hombre dijera aun una palabra, tan pronto como se dio vuelta para ver quien buscaba de su atención, Daniel instintivamente supo que era el padre. Aquél con quien había tenido incontables conversaciones telefónicas tiempo atrás. Luego de las presentaciones, que no hacían falta, pues el padre también supo de inmediato de quien se trataba, titubeó pero le confirmó que Pablo estaba en la casa, que recién se levantaba o estaba por hacerlo, y que lo acompañara adentro para esperarlo.

 
Pasaron por el garaje. La puerta de acceso estaba al costado como había pensado. De antepuerta, varias tiras de plástico de color verde, de las que había visto en la infancia generalmente en entradas de verdulerías de barrio. Casi pegada a las tiras, una puerta de metal marrón que se notaba hueca. La habitación que empezaba después estaba algo oscura. La luz que la iluminaba era la que entraba por las hendijas de las persianas metálicas que hacían de frente de la casa. Lo invitó a sentarse mientras iba a ver qué estaba haciendo Pablo.
 

Solo en la habitación, comenzó a sentirla con cierta decepción. La realidad era menos pintoresca de lo que había imaginado. Evidentemente, había idealizado hasta la casa. No es que esperaba un castillo o mansión. Pero tampoco ese espectáculo decadente. Además de iluminación a medias, lo recibió un fuerte olor a humedad, tan típico de las casas de ancianos que han dado el brazo a torcer y están dejándose ganar por la nostalgia o las ganas de comenzar otra existencia o terminar con esta. Se encontró sentado a una mesa oval, de madera enchapada con sillas rodeándola. El ocupada una banqueta plástica. Ni la banqueta ni las sillas hacían juego entre sí o con la mesa y mostraban serias señales de deterioro. Todas con patas metálicas pero con asiento y respaldo de distintos colores, tamaños, y texturas. No quería pensar mal pero imaginó que las habían encontrado una por una en varias ocasiones distintas.

 
La habitación en sí misma pequeña exudaba más que modestia, desarreglo y mal gusto. No es que había poco y barato. Había poco, efectivamente, pero la mayoría de las cosas denotaban desidia, desuso, o abuso. Frente a él, desde donde estaba sentado, había una puerta delante, otra a la izquierda, y otra a la derecha. La de la izquierda era aquella por la que había entrado, la puerta de acceso principal a la casa seguramente. La de adelante, aquella por la que el padre había desaparecido, por lo que supuso daba a los cuartos—si es que había más de uno. La de la izquierda, un baño pensó o la cocina, de la que no había señales. A sus espaldas, las persianas metálicas.

 
Entre la puerta por delante y la de la derecha, haciendo esquina, un mueble de madera marrón claro, también enchapado, con dos puertas al pie, y vidrio de seguido que permitía ver varios estantes. En cada uno de ellos, en ningún orden en particular, tazas de distintos tamaños, diseños, y materiales, una tetera que no coincidía en tono o calidad con el resto de los adminículos, varios adornos pequeños que serían suvenires de casamientos, bautismos o comuniones de hace ya años—angelitos desalados, una iglesia de galleta o lo que quedaba de ella, una cruz, algunos corazones, y otras chucherías más. Polvo en cada uno de los estantes que era tan abundante como fácil de notar, aun separado por algo más del metro entre el mueble y él.

 
En la otra esquina, entre la puerta que tenía en frente y la que usaron para entrar, una mesa baja de material desconocido—era negra y tan oscura que no era posible distinguir de que estaba hecha—y gusto al menos dudable. A ambos lados, sillones individuales, uno de cuero— ¿o plástico que aparentaba ser algo que notoriamente no era?—y otro de mimbre desmimbrándose.

 
Entre la puerta de acceso y las persianas metálicas, un mueble grande y robusto contra la pared, ocupándola casi por entero de piso a techo, y desde la puerta hasta unos centímetros antes de las persianas. Similar al esquinero, al pie varias puertitas. En medio, espacios huecos abarrotados de cosas pequeñas y polvorientas—caracoles, ceniceros, estatuitas, papeles, y más. Por encima, otra hilera de puertitas, esta vez de vidrio color caramelo que dejaban entrever con dificultad varios estantes. La patética parafernalia se repetía. El polvo, también. Una sola diferencia. Al centro, en el estante del medio, la única fotografía en la habitación. Eran Pablo, el padre, la que sería la madre, y otro muchacho, que intuyó se trataría del hermano.

 
Contra las persianas metálicas, muchas cajas de cartón de diferentes tamaños, algunas cerradas, otras abiertas, unas apiladas sobre otras hasta media altura respecto de las persianas. Y desde las persianas hasta la puerta de la derecha, contra la pared restante, uno de esos multi-mini-gimnasios hogareños. Es decir, esos aparatos que prometen ser útiles tanto a la hora de endurecer glúteos como de ensanchar la espalda y dejar macizo el pecho pero lo único que hacen es ocupar espacio. Era a todas luces el único objeto en la habitación entera que no tenía polvo.

 
Un cuchicheo rompió el silencio. Escuchó la voz del padre elevarse…

Wednesday, 8 January 2014

Las 24 horas. Capítulo Nueve (segunda parte): Viento en contra


Sin pensarlo dos veces tomó unas pocas cosas, las arrojó en una pequeña maleta de mano, echó llave al apartamento, y se subió al primer taxi que vio. Minutos más tarde llegaba a Barajas. Allí compró el boleto de avión y dos horas después estaba de camino a Buenos Aires. De un lado, pese a que sabía que el contenido de la maleta no le serviría de mucho ni por mucho tiempo, estaba desconcentrado para pensar más allá de elementos esenciales como pasaporte y demás documentación. Por otro lado, las experiencias anteriores en Ezeiza le habían demostrado la ineficiencia absoluta al arribar y tenía bien en claro que si llevaba consigo otra maleta, entre migraciones y aduanas perdería entre tres y cuatro horas esperando en interminables hileras.
Como había previsto, dos aviones aterrizaron en Ezeiza, uno proveniente de Medio Oriente y el suyo, de Europa. El caudal humano era exuberante. Sin embargo, estaba aventajado ya que acarrear solamente una maleta de mano le permitió pasar por cuanto control había con relativa prontitud—tardaría hora y media en llegar hasta la salida final desde el arribo, pero era nada comparado con los otros viajeros que se encontraron de cara con la metáfora de la ineficiencia burocrática kafkiana.
Desde Ezeiza en taxi hasta aeroparque. Y de aeroparque, boleto a San Miguel. Cuando finalmente se abrieron las puertas hacia la sala de espera para recién arribados, dos de los hermanos, una hermana y un hermano lo estaban esperando. Lo comprendió de inmediato al verlos de pies a cabeza de negro. No necesito preguntarlo: la Mamá había fallecido horas antes de una complicación en la sala de terapia.
La primera semana transcurrió lenta. En la casa, solamente el Papá. Encontró todo en orden y limpio, como si la Mamá hubiese sabido que se iría de viaje pronto. Su habitación exactamente como el día que la había dejado para mudarse a Buenos Aires y luego a Madrid. La quietud del primer y segundo día se interrumpió con el velorio, que se hizo en la sala principal de la casa, y el desfile de familiares, amigos, conocidos, y desconocidos. Para el fin de semana la Mamá empujaba margaritas desde abajo y comenzaba a ser un recuerdo, cercano, pero un recuerdo al fin.
El Papá, aquel hombre ya entrado en años, se veía perdido sin la compañera de toda la vida. No lo decía, intentaba no demostrarlo, se esforzaba por hacerse ver como siempre. Pero era fácil entenderlo en sus ojos rojos de llanto contenido y el peso que perdió en pocos días. Los primeros días de la primer semana las visitas eran incesantes. Al tercer día, el del velorio, el número de presentes fue aún mayor. Al cuarto día, dejaron de llegar. Todos ofreciéndose para ayudar en lo que se necesitara. De hecho, se necesitaba de todo, especialmente manos dispuestas a tareas del hogar y acompañar al Papá. Absolutamente ninguno de los que ofrecieron apoyo incondicional y ayuda volvió.
 
Daniel se vio entre dejar al Papá con 70 años cuidando de sí mismo o quedarse por un tiempo a pechear la situación. Se quedó. De hecho, no sabía ni tenía en claro por cuanto tiempo lo haría. Tampoco le importaba. Sentía que debía hacerlo, no necesariamente como obligación hacia los padres, o para cumplir con la costumbre y usos sociales, o como contraprestación por los años de niñez en que ellos velaron por él. No, no lo sintió así. Simplemente se quedó.
Fueron semanas y las semanas que se transformaron en meses, todas duras, muy duras y de un crecimiento que no había esperado. El Papá contaba para poco y nada. Los amigos y conocidos nunca aparecieron. Y la familia, incluso los hermanos, tan unidos y cercanos antes, no daban muestra de contribución significativa. Alguna llamada telefónica los fines de semana, a las apuradas, preguntando por el estado del Papá y, si se prolongaba algo, sobre cómo estaba Daniel. Mientras tanto, nuestro protagonista había solicitado exención especial en Buenos Aires y Madrid por el resto del año. No era momento de continuar los estudios o de volver a Europa. Así, de estudiante de tiempo completo e individuo libre pasó a ser administrador general y trabajador principal y único de tiempo completo en la casa de la familia y para el Papá.
Con el tiempo se daría cuenta que esperaba más de los demás. En esas semanas y meses intentaría en varias ocasiones conseguir ayuda, principalmente, de la familia. Los pedidos expresos caían en oídos sordos. Tanto así que decidió un día no pedir más favores que iba a deber pero que nunca se concretaban. Al principio le resulto difícil de entender que gestos simples como invitarlo al Papá y a él a almorzar o cenar—después de todo cocinar para dos o para tres era lo mismo, pensaba—o hacer las compras semanales, o alguna visita de tanto en tanto no se produjeran. Pensó en varias posibles razones: lo consideraban lo suficientemente hábil, fuerte e inteligente como para sobrellevar la situación solo; contaban con él por no estar casado ni tener hijos; y con  el tiempo las razones le parecieron más bien subterfugios para excusas simples como desinterés y apatía. Después de todo, la proveedora, la Mamá había fallecido y la principal fuente de ingresos, el Papá seguía enviando los cheques con puntualidad.
Fueron tiempos difíciles, pero comenzó a entender con un entendimiento diferente al que viene de la inteligencia que es diferente aquello que es necesario de lo que es realmente importante. Se olvidó de banalidades, pasado y futuro, y se enfocó en la casa, el Papá y el hoy. Tenía bien seguro que no se quedaría. Y, sin embargo, sabía que el tiempo de volver a irse no había llegado. Leía entre líneas las elecciones que el destino le ponía por delante. Y siempre, como cuando niño, como cuando adulto, escogía salomónicamente entre aquella que lo beneficiaba exclusivamente y lo perjudicaba lo menos posible, y aquella otra que beneficiaba por entero al otro. Nunca se plantearía si se había equivocado. Sabía que la vida se escribe en borrador y nunca hay oportunidad de pasarla en limpio.

Monday, 6 January 2014

Las 24 horas. Capítulo Nueve: Viento en contra

Era octubre. Los días se habían acortado. El frio empezaba a invadir Madrid. Ese año llegaría con heladas temprano y hasta nieve en diciembre y enero siguiente. Daniel ya era parte—o al menos así se sentía—de la geografía local. Tenía rutinas instaladas desde hacía meses tanto para los estudios como para la vida en general. La mayor parte del tiempo la pasaba ahora en el campus universitario, entre las clases que atendía y la biblioteca. Allí mismo almorzaba, a veces solo, a veces en compañía de alguno de los estudiantes de turno pero nunca con la misma persona—al menos, no a manera de costumbre sino que si se daba el mismo individuo dos veces era mera casualidad.
Sin pensarlo, era la primera vez en mucho tiempo que la nostalgia de aquel primer encuentro no lo perseguía. Lo recordaba, sí. Lo haría siempre, o al menos pensaba por ese entonces. Pero de una manera distinta, latente pero no constante. Tenía la esperanza de borrarlo definitivamente de la memoria, de su ser. La contradicción yacía, como tantas veces nos pasa, en que la misma espera de lograr anular, extinguir algo, en este caso un vago recuerdo, lo vuelve a hacer presente una y otra vez; tantas veces como intentemos hacerlo a un lado.
De todas maneras las incursiones en lo desconocido, o mejor, en los desconocidos, habían cesado por completo. Entendía bien que al único que mentía era a él mismo. Ni siquiera frecuentaba a los regulares—ni se dejaba frecuentar. En los momentos o situaciones en que estaba solo y la universidad no llenaba espacios ni tiempos o las tareas relacionadas con lo doméstico lo ocupaban gustaba de ir al Parque del Retiro o a su apartamento y escuchar el silencio. Si era en el parque, se sentaba generalmente en las escalinatas que dan a la laguna entre locales y turistas y contemplaba el agua—solamente eso, la vista perdida en el líquido oscuro. Si era en el apartamento, se sentaba en el suelo en cualquier posición y allí se quedaba por largo rato observando algún punto en frente con los ojos entreabiertos y jugando a escuchar todo aquello que pudiera romper con la vacuidad sonora—electrodomésticos en automático, vecinos de arriba, de abajo o del costado discutiendo, hablando solos o con alguien, respirando fuerte, alguna mascota, bolsas o papeles estrujados, el ascensor abriendo y cerrando, y tantos otros. No sabría si era meditación lo que hacía. No concentraba la atención en la respiración, en algo específico y, sin quererlo, lo hacía en el todo al mismo tiempo. Nunca se lo cuestionó tampoco. Un día entendió bien que le era grata su propia compañía, que finalmente podía aguantarse, estar consigo mismo, y hasta gustar de su propia compañía, acompañarse. Se disfrutó desde entonces en una dimensión que no comprendía bien pero que tampoco le interesaba comprender.

Uno de esos martes como tantos otros, vuelto de la Universidad y luego de haber cenado, se disponía a ir a la cama cuando el teléfono rompió el silencio de la habitación. Era uno de los hermanos. No se hablaban seguido. Las conversaciones con la familia los domingos se habían espaciado. De un lado, Daniel gustaba cada vez más del silencio y menos de dar explicaciones o de participar de una conversación con el mismo contenido que el de la semana anterior. Del otro, la crisis financiera estaba presente y las comunicaciones internacionales eran un lujo que si bien la familia podía pagar, resultaron catalogadas de superfluas a la hora de recortar gastos. Le llamó algo la atención que la voz del interlocutor fuera la de su hermano y adivinó en el aire que algo andaba mal. Estaba en lo cierto. La Mamá había caído enferma. Un golpe de presión fulminante la tumbó como un rayo hace con un árbol, de golpe, certero, y en el acto. La encontraron minutos después entre el comedor y la cocina desparramada en el suelo, sin sentido, con espuma blanca cayéndole de los labios. Inmediatamente la cargaron en un auto al encontrarla y la trasladaron al hospital más cercano. EL estado, delicado. Todo había sucedido rápido, hacia menos de una hora. Esperaban hacerle estudios y que los especialistas llegaran.
Mientras escuchaba, Daniel no entendía bien que estaba pasando. A medida que recibía más información de boca de su hermano sentía como se encorvaba, se achicaba, hasta terminar de cuclillas en el suelo, con el teléfono incrustado en la oreja derecha. Venite lo antes que puedas, no sabemos qué vaya a pasar—terminó el hermano antes de despedirse.
Se encontró en silencio, solo en la habitación, en cuclillas, y con el tubo del teléfono aun en la mano. No atinó a hacer algo distinto. Se quedó quieto. Decidió tampoco llamar a persona alguna. Era tarde ya y además ninguno de los que frecuentaba en Madrid conocía a la madre. ¿Cómo iban a entenderlo? Se fue a acostar. Lo atrapó un sueño que no esperaba. Se durmió.

La mañana siguiente se incorporó en la cama. Todo parecía haber sido un sueño, más bien una pesadilla. Sin embargo, sabía bien que no había soñado. La mamá había sufrido un accidente y estaba internada. Saltó de la cama y fue hacia el teléfono. Marcó los primeros números y colgó sin terminar. Era temprano en Madrid. Entonces, era apenas de madrugada en San Miguel. Obligóse a esperar, cosa que no fue fácil ni grata. No quiso desayunar ni siquiera el café de cada mañana. No se lavó tampoco la cara. Así como colgó el teléfono, se sentó justo al lado de la mesita donde estaba apoyado y esperó paciente cuatro horas. ¡Timbrazo! EL ruido lo sacó del trance. Atendió. Era el mismo hermano que lo llamó la noche anterior. La mamá aun seguía sin complicaciones, pero sin mejoras. Los especialistas habían ordenado una serie de estudios y determinaron luego de ver los resultados que había sufrido un infarto. Decidieron no intervenirla, estaba demasiado débil. La tendrían en terapia intensiva con observación constante durante al menos 24 horas.

Monday, 30 December 2013

Las 24 horas. Capítulo Ocho (cuarta parte): Madrid


Decidió no arriesgarse más de esa forma. No valía la pena. Al menos, no por ahora y de esa manera tan lanzada. Tenía sus regulares, como él gustaba llamarles.

El corazón se le había apagado. El sexo que tenía era por deporte, por no estar solo en tal o cual noche, para sentirse vivo, o simplemente para sacarse la calentura. Había logrado conocer algunas personas en la Universidad. Pero ninguno de ellos lo frecuentaba. Él tampoco lo hacía. Como vivía en un bloque de apartamentos el contacto con los vecinos era esporádico, de tanto en tanto el algún ascensor, cerca de la puerta de entrada al edificio, o entrando o saliendo de su guarida. Hablaba con la familia los domingos por la mañana. Lo hacía desde un locutorio en el centro, cerca de Puerta del Sol. La conversación se extendía entre treinta minutos y no más de una hora. Las preguntas y las respuestas se repetían cada semana: clima, rutina diaria y semanal, exámenes, precios de productos alimentarios esenciales de un lado y otro del Atlántico. Primero hablaba con la madre, después con el padre repitiendo algunos de los temas tocados minutos antes. Y si había algún hermano, lo mismo otra vez. Así sucesivamente hasta terminar por ese domingo.

Se fue el invierno, que ese año se extendió hasta abril con fríos polares en toda Europa. La primavera tardía trajo consigo una Madrid bulliciosa, inagotable, con gente en las calles céntricas las 24 horas. Por ese entonces Daniel gustaba de quedarse en el apartamento luego de regresar de la Universidad o de la biblioteca central. En una de esas caminatas de vuelta al hogar en las que iba irremediablemente con la cabeza en las nubes, tropezó con un hombracho de casi dos metros de altura. Rogelio González su nombre. Era originario de Barcelona pero había llegado a Madrid el año anterior. La crisis financiera ya se hacía notar y era España de los primeros países en recibir el sacudón. Muchas familias se desmembraban perdiendo miembros que buscaban horizontes en otros países y hasta en otros continentes. Rogelio era uno de ellos. Empezó en Madrid pero tenía en claro que bien podría ser la primera parte de un viaje mucho más largo hacia alguna tierra en donde la oportunidad de trabajar dignamente existiera.

Luego del tropiezo, o más bien la embestida, Daniel trastabilló y cayó al suelo en un reguero de papeles, cuadernos, y libros. Rogelio se disculpó; no lo había visto venir en dirección contraria pues también estaba con la cabeza en otro lado, en otro mundo. Desde el momento en que se miraron existió un código, algo de complicidad. Nunca llegarían a ser del otro y, sin embargo, eran dos extraños de tantos otros que pasaban la vida en un coma diario sin mucho sentido, con poco que esperar del día siguiente y menos de un futuro del que ni siquiera pensaban.

Juntaron entre los dos los papeles, cuadernos, y libros. Cuando Daniel se disponía a seguir caminando, dio las gracias y la espalda para continuar la marcha. Rogelio extendió la mano y lo tomó del hombro derecho con un gentil pero firme agarre. Daniel se paralizó no de miedo sino de intriga. Hay momentos en la vida en que la duda es tan grande y las ganas de conocer un poco más tan acuciantes que el peligro no importa, no se piensa, no se ve. Frente a él un hombracho de alrededor de 35 años, casi dos metros de altura, hombros anchos, pecho prominente, y brazos amplios. El rostro de calmada profundidad, sin llegar a estar encajado pero tampoco relajado. No hablaba mucho. Observaba.

Terminaron siendo amigos, grandes camaradas de ventura y desventura. Nunca sucedió ni sucedería algo carnal entre ellos. Existió sí una complicidad tan absoluta como tácita entre ambos. Los dos lo necesitaban y mucho. Los dos se necesitaban. No lo sabían pero ambos lo intuyeron. Esa noche del día en que se conocieron durmieron juntos en la misma cama. No ensayaron el sexo ni lo intentaron si quiera; permanecieron el uno al lado del otro, cada uno de su lado de la cama. Al principio, hablaron. Al cabo de un rato, silencio. Luego, ronquidos y otros ruidos guturales de un lado tanto como del otro.

A la mañana siguiente se despidieron. Estaban en el apartamento de Rogelio por lo que éste bajo a destrabar la puerta de entrada al edificio que a esa hora se cerraba con llave por seguridad. Se dieron la mano y un adiós corto la coreografía de la despedida. Daniel giró y comenzó a alejarse. Luego de unos pasos comprendió que no habían intercambiado dirección, número telefónico, u otro dato para mantener el contacto; solamente conocía el nombre de pila de este individuo. Estaba acostumbrado. Pero había algo distinto en este encuentro… Al tomar la primer esquina y antes de entrar por la boca de Metro, de nuevo el mismo brazo lo jala del hombro derecho. Rogelio, esta vez agitado, lo había corrido para entregarle un papel con el número de teléfono y la dirección del apartamento en el que habían pasado la noche, su hogar de ahora, su hogar por ahora. Daniel lo tomó sin entender mucho, lo miró y sin pensarlo dos veces, lo metió en el bolsillo trasero del pantalón. Extendió la mano derecha, saludó a Rogelio como había hecho minutos atrás y se fue corriendo a tomar el Metro. Rogelio lo miraba medio perplejo, inmutable, desaparecer entre varios otros transeúntes que entraban y salían de allí.

Sentado ya en el vagón Daniel volvió en sí. Miró a ambos lados como para asegurarse que esta vez nadie lo había seguido. Cuando estuvo realmente tranquilo con el chequeo, metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón y sacó el estrujado papel que leía el nombre completo de Rogelio, dirección y número telefónico. Como golpeado por rayo, la idea le cayó fulminante. Dejo el vagón en la estación siguiente, tomó metro en dirección opuesta y en unos minutos más tarde estaba llamando al apartamento que escasamente media hora atrás había dejado…

Thursday, 12 December 2013

Las 24 horas. Capítulo Ocho (tercera parte): Madrid


Al principio se llenó de salidas, ruido, gente y sustancias. Las semanas corrían y cuando quiso darse cuenta, febrero y los cursos llegaron. La Universidad lo aburría. Pero, como tonto no era, entendía bien que para quedarse en Madrid tenía que esforzarse algo en los estudios o al menos, aparentar hacerlo. Terminadas las horas de estar sentado o escuchar estupideces de tamaño académico, tomaba el metro y terminaba en Puerta del Sol. O mejor dicho, allí empezaba. De ahí, a uno de los bares en Chueca; el que fuera. Desde mediados de la tarde hasta que oscurecía, alguna que otra bebida en mano, comenzó a ir para no sentiré solo y descubrió de inmediato que fuera por la apariencia, el acento o algo en el aire en que se presentaba, llamaba la atención. No era raro que terminara la noche en el apartamento del acompañante de turno que había conocido horas antes.
Sino sucedía algún encuentro casual, o no le apetecía lo que encontraba, los pasos lo llevaban a Malasaña. Era ya generalmente de noche, o al menos de seguro había oscurecido. No muchos se animaban a aventurarse a Plaza del Dos de Mayo a esas horas. De verde había poco, y el gris del cemento ganaba metros a todo lo alto y ancho del lugar dando un aspecto de obra en construcción sin terminar, que remataba en juegos para niños haciendo esquina con dos calles, construidos con tan rústicos elementos, solo caños de acero, que resultaban completar la pintura de degradación. En esa época la plaza contaba con una especie de anfiteatro de no muchos escalones, pero suficientes como para esbozar el semicírculo tan característico. A esas horas no había presentaciones artísticas. Sin embargo, pintorescos personajes ponían el bizarro espectáculo noche tras noche.  Drogadictos y rateros salían de entre las piedras y arbustos y la tomaban de un zarpazo. Daniel no tenía miedo. Allí tuvo las primeras experiencias con la marihuana, el éxtasis y la coca. Nada muy fuerte porque el tiempo y el dinero de que disponía no le alcanzaban para más. Pero sí que experimentó.
Toda esa época fue de experimentación en realidad; sexual, sensorial, intelectual y social. Se sentía por primera vez cómodo en su piel. En ocasiones, se daba asco a si mismo también. No le importaba. Intuía que él o la situación no durarían como para que se agrave y lamentarse. Tenía razón. Así como entró, salió de todo eso de un día para el otro.
Era viernes. Había comenzado como siempre de entre copas en bares. Conoció a un brasilero bajito y fibroso, de cuerpo atlético y sonrisa de guasón. Cuando salió del bar, éste lo siguió a unos pasos de distancia hasta Malasaña. Ya en la plaza se le acercó sin la menor delicadeza, lo tomó de la cintura, y le tocó el sexo mientras intentaba besarlo. Daniel se dejó llevar. En un rato habían vuelto al bar del que salieron. Se encontraron con una amiga del brasilero. Una rubia exuberante de senos grandes y firmes y ojos de fuego vestida de pies a cabeza en cuero negro tan pegado al cuerpo que parecía una segunda piel. Ella era de República Dominicana y lo demostraba con un acento tan dulce como caliente. Ofrecieron llevarlo al apartamento del brasilero para continuar bebiendo la noche. Cuando salieron a la calle tomaron para un callejón doblando la esquina, donde se encontraron con una camioneta algo desarmada. Daniel quedó encerrado en la caja, sin ventanas, con lo que sentía eran varias botellas. La razón, o excusa, fue que adelante no había espacio suficiente para los tres. No temió. Le pareció algo raro peor no se inmutó. Sólo se dio cuenta de lo surrealista de la situación momentos después cuando por el ajetreo de la camioneta no podía mantenerse sentado en los montículos que usaba a manera de asiento. Fue como despertarse de un trance. Ni siquiera conocía los nombres de sus nuevos amigos. Se asustó por primera vez— ¿A dónde lo llevaban? ¿Qué le harían? Abrió una botella que tenía entre las piernas. Estaba tan oscuro que no pudo leer la etiqueta. La probó de un trago, sin dudarlo; era champagne. Siguió bebiendo hasta que la camioneta hizo un alto definitivo. No tenía la remota idea de cuánto tiempo había pasado. La puerta de la caja se abrió y allí estaban el brasilero y la dominicana, ambos con enormes sonrisas y ojos brillantes.
Subieron los tres al apartamento. La dominicana no se iba. Abrieron más botellas. Comenzaron a tocarse, todos, indistintamente de quien pusiera las manos en cual parte de que cuerpo. Luego se quitaron las chamarras y camisetas, seguidos por calzados y pantalones. Terminaron los tres en ropa interior, la dominicana sin sostén exhibiendo dos prominencias perfectamente esculpidas que tentaban la boca de cualquiera. Se besaban, apretaban los cuerpos unos contra otro, a veces los dos muchachos, otras veces alguno de ellos con la hembra, y otras los tres. Improvisaron un sofá y la alfombra en el suelo como lecho. Se arrancaron entre si lo poco que les quedaba para estar desnudos.
Después de algunos juegos sexuales, Daniel cedió al alcohol y cerró los ojos para entregarse a un sueño profundo. Cuando volvió en si era de día. Estaba solo en la habitación, desnudo sobre el sofá, sus cosas regadas por el piso. Se levantó y escuchó la ducha. El brasilero le gritó acto seguido preguntándole si ya estaba despierto. Contestó que sí y tomó las prendas para vestirse tan rápidamente como pudo. Palpó la billetera en el bolsillo trasero del jean: estaba todo allí, a excepción de unos billetes; pero recordaba que no le quedaba mucho dinero la noche anterior. Luego el brasilero le explicaría que la dominicana había tomado el dinero para hacerse de más bebida la noche anterior pero que había partido sin volver aun.
Esperó como pudo. En cuanto el acompañante estuvo listo, tomó la calle y se despidió cortés pero intempestivamente. No dejó más datos que el nombre de pila. Caminó y caminó hasta que se dio vuelta y el brasilero había desaparecido. Se alivió. Parecía estar entero, posesiones a salvo (a excepción de algunos billetes). Había logrado escaparle al destino…

Tuesday, 10 December 2013

Las 24 horas. Capítulo Ocho (segunda parte): Madrid


Era la primera vez que viajaba tan lejos y solo, y por tanto tiempo. El programa comenzaba en febrero y terminaba a comienzos del próximo diciembre. Como llegaba mes y medio antes para hacerse del lugar—y escaparle a las fiestas con la familia, no hubo mayor comitiva para recibirlo en el aeropuerto. La Universidad anfitriona había enviado a último momento a uno de sus alumnos. Así Daniel dejó el avión, hizo los trámites de migraciones, tomó la maleta y salió a través de las puertas a un hall grande con mucha gente. Algunas de estas personas estaban esperando a todas luces a familiares y amigos debido a las fiestas. Otros, simplemente de negocios. Entre ellos, carteles en varios idiomas. Uno indicaba su nombre y apellido. Ahí estaba Carlos López, el alumno de segundo año que se encargaría de él y su traslado.
Se presentaron brevemente. Daniel cortó la conversación en seco sin formalidad alguna para pedir a su guía que lo lleve cuanto antes al hospedaje. Quería desempacar, darse una ducha, comer algo y salir cuanto antes al ruedo de las calles madrileñas.
Tomaron el Metro desde barajas a la ciudad. Carlos ofreció ir en taxi. Si bien Daniel había mostrado apuro, no era el tiempo lo que lo empujaba. Era conocer, ver lo nuevo. Y el Metro ofrecía mucho más aventura para él que un taxi. Después de todo, seguramente sería el medio de transporte que más usaría intuyó. Así que mejor conocerlo cuanto antes. Luego de dos o tres conexiones y varias estaciones llegaron a Duque de Pastrana. Recordaría por año la voz grabada de la mujer al llegar el metro a esa estación—Bienvenidos a Duque de Pastrana. Años después volvería la misma voz a recibirlo, nostalgias…
Cruzaron la calle inmediatamente pegada a la boca del metro. Una y otra esquina, y a unos doscientos metros un grupo de edificios altos. Se dirigían a la séptima planta de uno de ellos entre varios otros. Al aproximarse a la entrada lo recibió una recepción cubierta de vegetación de hojas anchas y largas. De entre ellas, un pasillo ancho de piedra que parecía abrirse y luego cerrarse en una cueva hacia la entrada vidriada principal. Como en Buenos Aires, se sintió inmediatamente libre. Esta vez, sin embargo, la libertad le dolía un poco.
Carlos metió la mano derecha en el bolsillo para tomar las llaves de la puerta de acceso. Abrió y acto seguido se las pasó a Daniel. Este tomó las llaves con una mano y la maleta con la otra y se dirigió  hacia las puertas del ascensor que vio al final del vestíbulo. Carlos lo siguió sin dar indicaciones pues el otro parecía tan seguro de saber dónde estaba y a donde se dirigía que pensó innecesario hacerlo. Ya dentro del ascensor, Daniel mira la botonera y pregunta sin hacerlo directamente a su acompañante— ¿Qué piso? A lo que el otro responde —Planta séptima. Subieron sin dirigirse la palabra. Una vez en la séptima planta, repitieron el procedimiento refiriéndose al número de departamento para uno, y de apartamento para el otro. Así llegaron al apartamento 26 de la planta séptima. Daniel abrió la puerta y se encontró con un ambiente completamente distinto al que le esperara años atrás en Avenida Córdoba, allá lejos en Buenos Aires.
La puerta principal abría a una gran sala con piso de cerámica blanca y paredes también blancas. Sobre el piso, una gran alfombra con borlas en los bordes. Sobre ella una meza con cubierta de vidrio grueso y cuatro sillas de madera pesada, seguramente algarrobo. De costado, siempre en la misma habitación, un enorme sillón de cuero marrón de tres plazas. Frente al sillón, otra alfombra algo más pequeña que la anterior y sobre ella una mesa también con patas de madera y cubierta de vidrio, pero algo menos y mucho más baja, a manera de mesa de te. La habitación toda, que hacía esquina en el edificio, estaba rodeada de grandes ventanales que daban una magnifica vista de la ciudad de lejos. Al costado de la mesa principal, estas ventanas en particular se abrían a un pequeño balcón con piso de madera y barandas metálicas. Otra mesa, esta vez de plástico y metal y dos sillas, también de plástico y metal. Detrás de la gran mesa, y al costado de la puerta de entrada al apartamento, la cocina. Una mesada de mármol negro en forma de “L”. EL piso de cerámica blanca se repetía; en realidad continuaba la misma habitación. Todos los adminículos de la cocina moderna. Abrió la nevera y para sorpresa de Daniel encontró alimentos frescos como para toda la semana, algunas comidas hechas incluso. Abrió las alacenas que estaban por encima de las hornallas para encontrarlas también completas de cajas y latas con alimentos. Recién allí se dio cuenta que sobre la mesa principal había una carpeta con papeles varios de la Universidad anfitriona y una carta del Decano de la Facultad dándole la bienvenida. Entre tanto, Carlos estaba aún al costado del marco de la puerta de entradas esperando a ser invitado a pasar.
Daniel pasó revista del resto del apartamento. Una habitación con cama doble, armario de algarrobo hasta el techo al costado de la puerta, de frente a la cama. Como cabecera, una ventana enorme. Y a ambos lados de la cama dos mesas similares, también de algarrobo. Toda la habitación con piso de la misma cerámica blanca, pero casi cubierta toda por una alfombra azul oscuro. La última habitación no podía ser otra que el baño. De un lado la ducha, del otro la bañera. Pileta, inodoro, bidet, espejo del piso al techo y de pared a pared, un pequeño mueble debajo de la pileta y otro contra la pared. Se sintió feliz. Volvió a la cama y se arrojó encima. En ese instante recordó a su acompañante. Volvió a la puerta donde Carlos aun esperaba. Lo saludó extendiéndole la mano derecha, y luego de un apretón y un gracias, le dio la espalda y cerró la puerta.

Monday, 9 December 2013

Las 24 horas. Capítulo Ocho: Madrid


La carta, carta que nunca tuvo remitente ni fue enviada, rezaba:

“… sobre qué puedo escribir. Los días pasan lento. El frío es, más que de costumbre, agobiante. Sólo en ocasiones hay suficiente luz solar como para templar el rostro. Casi ya una costumbre, orejas y nariz heladas.

Hoy estoy de camino a Atocha desde Talavera de la Reina. A través de la ventana, vías con miles de viajes en el lomo. A ambos lados, bosques grises sin hojas. Solamente ramas y más ramas tan entrecruzadas que hacen difícil la visión. Entre ellas, pequeños poblados de casas oscuras. Todas de ladrillo de un rojo viejo y opaco, como con musgo. Techos a dos aguas, muy simples y de tejas también negruzcas.

En las estaciones intermedias, donde no se hacen altos, escasa cantidad de personas. Tal vez sea el frío (a esta altura insensible); tal vez la hora (lo olvidada, son casi las dos de la tarde).

///en seguida continúo. Es que parece haber inspección de tickets ahora mismo///

Recordar. Pasiones muertas, sueños eclipsados. ¿Comprendes? Ni vestigios de esa historia. Al menos, nada se mueve aquí dentro. Su rostro, desdibujado. Su voz, olvidada. Sus palabras, arduo resulta encontrarlas.

¿Y duele? No lo sé. Parece que algo. No con seguridad pues aunque no consigue ya despertar esas sensaciones encontradas, algo queda, algo que hace suyas estas líneas.

De tanto en tanto, cada vez más espaciado, la necesidad de pensar un instante en él (sí, él) –aquí el segundo “él” aparece subrayado, vuelve…

Cada día parece tan similar al anterior. Si el cielo no es gris, casi negro seguramente. De tanto en tanto alguna ventana entreabierta entre tanta amalgama de nubes y nubarrones deja entrever algo del celeste cielo al que tanto estaba acostumbrado. De la luz solar escasean las noticias. Ha de ser por eso que la gente aquí es tan pálida. Y si no es esa la razón principal, de seguro contribuye bastante.

También apostaría a que esa falta de luminosidad natural, a la que tan apegados estamos los latinos, seguramente es lo que ocasiona que los lugareños tengan ese carácter tan apocado a esta altura del año, a veces distante, otras ausente, que los hace particulares. En ocasiones me encuentro perplejo ante una charla, simple conversación acerca de cualquier tema y para mi sorpresa, quien sea interlocutor no se expresa a nuestra manera, es decir, directamente. Mas bien es como que en esas circunstancias se ve uno obligado a “leer subtítulos”. Al principio incluso, y en especial si uno no está de visita turística, puede llegar a opacar en algo el júbilo de la experiencia en tierras lejanas. Es cuestión, como todo quehacer humano, de acostumbrarse seguramente. O al menos, eso espero.”

 

Daniel había llegado a Madrid en diciembre. La situación en Buenos Aires se le había hecho insostenible. En lugar de hacer todo cuanto la potencia daba, solamente existía la posibilidad remota de inhalar. Sí, parece increíble pero así era. La sola idea de acercarse a ese recuerdo, ya desmigajado, lo desgarraba. ¿Y por qué continuaba? Creo que, a este punto, podría casi asegurar, porque lo sentía. La vida se transformó en los tres años escasos que pasaron. ¿Para dónde? De seguro, para mal. ¿Lo sabía? Sí; aun en ese estado lamentable en el que pasaba la mayor parte de las horas, un vestigio de humanidad exhalaba de esa persona. Estaba perdiendo todo, si es que algo le quedaba. Es decir, material y familiarmente poseía lo mismo que al empezar aquella aventura. Pero desde él, los lazos que una vez lo unieron con todo lo que conocía y daba sustento a su existencia, habían enflaquecido demasiado. Por dentro, demacrado, obsoleto, inimaginablemente derruido. En el exterior, algo distinto, aunque no todos podían darse cuenta del consumo; él no los dejaba. Y seguía en el mismo lugar de siempre, esta vez sin compañía. El teléfono ya no sonaba. Al menos, no al compás que buscaba. Para peor, le había sido imposible... Muerte de los sueños… ¿Cómo se sigue? Luego que intentamos todo, o al menos así lo creemos, de perseguir aquello a lo que signamos como meta, de posponer o abandonar otras en pos de ésta… y cuando estamos ahí, casi al conseguirla, dependiendo tan solo de nuestra elección, aparece el miedo; el pánico nos invade y… nos alejamos. Se encontraba justamente en uno de esos momentos. No sabía a donde ir, con quien hablar. Pero tenía bien en claro dos cosas: primero, que no podía seguir así; segundo, que debía hacer algo definitivo al respecto. Necesitaba con urgencia un cambio fundamental. Necesitaba aire puro, terminar con las historias sin sentido que se le repetían constantemente en la mente. Necesitaba empezar a vivir de nuevo. O dejar de hacerlo definitivamente. En todo caso, era ya tiempo.

           

Los estudios habían continuado brillantemente. Tan brillantemente que logró una beca para pasar el año siguiente en una institución hermana a la suya pero en España debido a algún convenio internacional de cooperación mutua. Mientras estudiaba, uno de esos tantos días en los que flotaba en los pasillos de la Universidad vio el poster dando noticia de la oportunidad. — ¿Por qué no?—se preguntó. Tomó nota de la dirección de correo en la palma de la mano izquierda, volvió al departamento, puso el curriculum vitae en orden actualizando algunos detalles, redactó una breve carta de presentación y envió todo el material por correo al día siguiente. Un mes más tarde resultaba ser seleccionado para pasar el año siguiente en Madrid. Sus estudios allí serían convalidados en Buenos Aires. No perdía nada. Continuó con las asignaturas que le quedaban hasta el final del semestre así como las costumbres diarias que ya estaban instaladas desde hacía rato. Visitó a la familia por un fin de semana en noviembre para despedirse (no le quedaba más tiempo para hacerlo con la excusa de los exámenes finales, preparativos para el viaje y no recuerdo cuantas otras razones entremezcladas). Ya en Buenos Aires terminó (o exterminó) los exámenes finales. Preparó la maleta el día anterior al vuelo. Fue tranquilo a Ezeiza en tren y ómnibus. Amaneció en unas horas en Barajas.

Friday, 6 December 2013

Las 24 horas. Capítulo Siete: Y la vida sigue... [meditaciones]


Violeta Parra nos dice “[g]racias a la vida, que me ha dado tanto, me ha dado la risa y me ha dado el llanto…” De poco consuelo nos sirve la frase cuando lloramos, cuando padecemos, cuando alguien o algo nos falta, cuando perdemos la salud, el dinero, el amor… Y, sin embargo, la vida (al menos en este tipo de existencia) es eso, una seguidilla de acontecimientos buenos y malos, tristes y alegres, dulces y amargos desde que nacemos hasta que el cuerpo físico dice basta, acontecimientos que se suceden…porque…la vida sigue…

El tema es rico, muy rico, y mucho se ha escrito al respecto. En principio podemos acordar subdividirlo en acontecimientos positivos, negativos y neutrales o neutros. Los primeros, aquellos que subjetivamente producen algún tipo de placer o felicidad en el sujeto de quien se trate. Los negativos, aquellos que traen como consecuencia (quizá resultado) lo contrario. Y neutrales, los que son intrascendentes al sujeto.

Del otro lado tenemos al sujeto quien es el “motor” o “receptáculo”, incluso ambos, de estos acontecimientos positivos, negativos y neutrales que de suyo tendrá una respuesta ante ellos que también podemos ver como positiva, negativa o neutral. Cuando utilizo la expresión “tendrá una respuesta” me refiero a que el sujeto valora, evalúa, merita el acontecimiento respecto a él mismo y/o su situación.

Parecería simple pensar que un acontecimiento positivo traerá consigo efecto positivo en el sujeto; de la misma manera con los acontecimientos negativos y neutrales. Es esta una manera híper-sencilla de observar el fenómeno que nos ocupa. A diario encontramos ejemplos de individuos, sujetos que reaccionan, responden de maneras totalmente distintas ante el mismo acontecimiento. Para muestra, el caso de la confirmación de un embarazo: para el sujeto A puede constituir la concreción de un anhelo (respuesta positiva) mientras que para su pareja, sujeto B, puede traducirse en un castigo (respuesta negativa) o desentendimiento (neutralidad). Aclarado el panorama general, dejo de lado en esta meditación acontecimientos positivos, negativos y neutrales así como respuesta del sujeto positiva y negativa para detenernos en aquella neutral, central al capítulo que estamos tratando.

Desidia, evitar el sufrimiento, evadir, problemas, preferir “no ver”, hacer “oídos sordos”, y tantas otras acciones, omisiones y razones hacen que el sujeto pase por la vida, o momentos o temporadas, en un estado que damos en llamar aquí de neutralidad. No es mera indiferencia, pues la indiferencia en sí misma implica una valoración, mas el hecho de transitar la vida “dormido”, anclado en el pasado o con la vista, la mente en el futuro, sin estar presente, sin ser presente, significa algo distinto, profundo.

Llamo neutralidad aquí al estado en que nos encontramos cuando nos identificamos con pensamientos y/o emociones, deseos, reacciones, y demás sin estar conscientes, sin estar presentes, sin ser en el ahora. Es de hecho, el estado normal de muchos. En este estado nuestra mente, el ego tiene la llave, el mando. Pasa generalmente desapercibido pues el malestar es en la mayor parte de los casos mínimo, y se confunde con aburrimiento, nerviosismo, o simplemente molestia con uno mismo, o la situación en la que estamos (incluyendo al otro en lo situacional). Cuando el estado egoico, esto es, en el que la mente esta aferrada o identificada con determinado pensamiento y/o emoción, deseo, reacción, y demás se descalabra por la razón que fuere es que aparece la respuesta negativa del sujeto (ej. sufrimiento por la pérdida, baja autoestima, comportamientos auto-destructivos, etc.). Lo que en realidad sucede es que la mente, el ego se encuentra, se percibe, se siente amenazado. Y es justamente cuando el circulo vicioso se repite y nuestra mente, el elemento egoico nos lleva a pensar en tiempos pasados (que siempre seguramente han sido mejores, o al menos eso nos hacemos creer) o tiempos por venir que traerán la solución al problema por el que transitamos (o al menos eso nos decimos).

¿Cuánta gente conocemos que se comportan de esta manera? Reflexionando al respecto, ¿no hemos pasado nosotros mismos en algún momento de nuestra vida por estados similares? Ir por la vida en “piloto-automático”. Confundir quien somos con aquello que creemos somos, fuimos o “seremos”. Esto es lo que pasa con nuestro protagonista, y cuyas consecuencias son en parte relatadas en el capítulo siete. Un muchacho que por circunstancias de la vida se ha identificado con acontecimientos situacionales y circunstanciales ajenos a quien es y ha quedado, se ha dejado anclado allí. Si bien físicamente continua “viviendo”, la vida sigue sucediendo, desenvolviéndose a su alrededor y él no es participe, no es.

Aceptar el ahora, las circunstancias situacionales que nos tocan vivir, “rendirse” ante lo que sucede es simplemente aceptar lo fáctico, aquello que es y se encuentra fuera de nuestro poder. Que el sol salga o se ponga; que alguien muera físicamente, que llueva, que el perro del vecino nos ataque o nos llegue algún regalo por correo son acontecimientos que se dan sin o con causante humano, naturalmente o por voluntad de otro, pero en ningún caso por voluntad propia. “Rendirse” ante ellos no significa entregarse derrotado. Se refiere a aceptarlos como son hechos, circunstancias situacionales. No son nosotros. No son lo que somos. Si nos identificamos con ellos, es la identificación egoica la que aparece, la mente nos dice que somos a través de tal o cual hecho, acción, omisión, objeto, otro sujeto, y demás. Nos faltan aquel hecho, acción, omisión, objeto, otro sujeto, y demás, y allí entramos “en picada”. El problema no comienza al caer “en picada”. El problema empieza con la identificación, es poner en marcha el “piloto-automático” y dejar de vivir el presente, dejar de ser.

Párrafo aparte merecen pasado y futuro. Es de suyo que planear nuestro futuro o tomar como enseñanza el pasado contribuyen a nuestro presente, no están en contra del ser, subrayo. Fijar metas, comprender errores poder coadyuvar a mejorar nuestras circunstancias situacionales (ej. mejor posición financiera, relaciones de pareja, etc.). Distinto es la identificación con el pasado o el futuro. Es allí cuando dejamos el presente, el ser siendo y añoramos lo que fuimos y soñamos con lo que podemos ser.

Por estas mismas razones es que Violeta Parra agradece a la vida tanto por la risa cuanto por el llanto. Porque de una u otra forma, risa y llanto tienen que ver con vivir viviendo. El estado de presencia, el estar presente, el ser siendo es más sencillo de lo que imaginamos. No seamos lo que fuimos. No seamos lo que seremos. Pues sino, no somos. Seamos siendo.

Tuesday, 3 December 2013

Las 24 horas. Capítulo Siete (segunda parte): Y la vida sigue...


Volviendo al lechero, es simplemente un colectivo grande, muy grande. Un ómnibus “adaptado” para largas distancias. Cuando digo “adaptado” me refiero a que el cambio es meramente nominal. Sigue siendo el mismo automotor con la misma estructura de los ómnibus locales pero se los llama de mediana y larga distancia simplemente por los kilómetros de más que hacen en comparación con sus pares capitalinos. Cuando digo largas distancias pensemos en alrededor de 1700 kilómetros de distinto tipo de caminos: asfalto, ripio, tierra, barro, y tantos otros. La única adaptación que tienen respecto de los pares de la ciudad es que cuentan con una especie de cuartito, caja, más bien armario angosto a manera de baño en el que apenas uno entra. Los asientos en doble hilera con pasillo intermedio y otra doble hilera. El espacio entre los asientos de adelante y atrás es tan angosto que las rodillas de uno terminan inevitablemente en la espalda de otro. En alguna que otra ocasión, hasta gente parada haciendo todo el trayecto. Este tipo de viaje sucedía más a menudo en fechas como estas donde todos tenían la misma misión: llegar a la casa de familia.

¿Por qué lechero? Porque como bien indica el nombre hace lo que haría un vendedor de leche de los de antaño (y los que aún existen por allí); visita casa por casa con la camionetita típica de pequeña caja y techo enclenque llevando consigo botellas de vidrio todas de igual tamaño llenas del blanco líquido elemento. La coreografía es siempre la misma, dejando las botellas con leche recién ordeñada frente a las puertas de entrada y llevándose las vacías del día anterior. El prodigio del ómnibus lechero hace exactamente lo mismo. Detiene la marcha, para en cuanto pueblo, pueblito y poblacho, aldea, casa o casucha, poste de luz con señal, tranquera y cuanta parada exista o sea reclamada por algún viajero y descarga bultos y pasajeros ya algo tiesos de estar tanto tiempo apretados entre el asiento de adelante, el de atrás y el del costado—si es que tuvieron suerte de sentarse. Para esto no es extraño que algún otro de los pasajeros se baje de la nave a estirar las piernas, los brazos, el cuerpo todo y sea seguido por varios más. Para cuando el conductor se da cuenta ya son al menos una decena los que están caminando alegremente al costado del camino, fumando, charlando, o de cara al sol. Seguidamente comienza a llamarlos dando aviso de la partida inmediata; nadie le presta atención. La voz empieza a subir en directa relación a ser ignorado. Cuando ya está a los gritos y alguno que otro se digna a volver a los asientos que antes ocupara, va tras el resto y los espanta a manera de llevar gallinas al gallinero, moviendo y aleteando los brazos como empujándolos dentro del vehículo. No termina de subir el último que las llaves están en el encendido, pasa de neutral a primera y continua la marcha lenta pero irremediablemente constante hacia cada destino.

El trayecto se hizo corto. O mejor dicho, fue largo, larguísimo, pero no lo notó. Le fue intrascendente, no estaba presente, no era presente. En realidad, gustaba de los viajes largos, especialmente entre extraños. Si estaba de humor y se daba la oportunidad, entablaba extensas charlas acerca de cualquier tema que el acompañante de turno gustara o él mismo propusiera. Si no lo estaba, como en esta oportunidad, se sentaba, no abría la boca en todo el viaje salvo para ingerir algún alimento o beber, y pegaba la cabeza contra la ventana o cerraba los ojos. No dormía pero si la persona de al lado mostraba interés en entablar diálogo y él no lo sentía así, lo invadía mágicamente, a voluntad por supuesto, un estado de soponcio instantáneo y el sueño lo ganaba—o pretendía que así fuera. La irrevocable intención de no hablar era tan evidente y de tal grado de perfección por la práctica que quien fuera el receptor entendía la indirecta o asumía el cansancio del muchacho y generalmente lo dejaban en paz por el resto del viaje.

Llegó a San Miguel. Uno de los hermanos lo esperaba en la terminal. Se saludaron formalmente, sin mucha muestra de afecto, intercambiaron algunas frases y se dirigieron a la casa familiar. Era un 20 de diciembre o algo así pues el día de Navidad estaba casi encima. Al menos creo que fue así ya que los regalos ya estaban comprados y escondidos como cada año en una de las piezas para que los más pequeños no se apuraran a abrirlos antes de tiempo.

Días faltaban nomas para Nochebuena y padres e hijos se hacían presentes. Luego tíos y tías, primos primeros, segundos y terceros, alguna novia o novio de turno, el loro, el perro, gato o tortuga de alguno. Daniel no se sentía mal en ese bullicio de gente, música y demás. Tampoco se sentía bien. Permanecía inmutable, inescrutable. A cualquier comentario respondía mecánicamente, cortésmente de manera tan profesional como eficiente ya que llevaba meses practicándola en Buenos Aires. Cumplía con lo que se le pedía y tan pronto podía evadía la compañía o sin razón o excusa ni aviso previo dejaba la habitación en que se encontraba.

Las fiestas llegaron y pasaron como así las visitas. A mediados de enero el calor se hace insoportable en esa zona del país. Pero en Buenos Aires también. De hecho, la inmensa ciudad es un desierto en términos de población y aparece desolada sin el ruido y movimientos diarios. Sin embargo, con el pretexto de estudios atrasados y planes para adelantar en algunas asignaturas, Daniel empacó, saludó, y le dio la espalda a la casa de la familia para ir a la terminal y de allí en el lechero una vez más a la ciudad capital. Sabía que el viaje sería otra tortura pero también sabía con certeza que sería más corto y menos lento que quedarse. No lo pensó dos veces. Pagó el boleto, subió al mamotreto y se entregó al viaje de regreso.

Monday, 2 December 2013

Las 24 horas. Capítulo Siete: Y la vida sigue...,


 

Los días otoñales de abril y mayo dieron paso a un crudo invierno en Buenos Aires ese año. Pero la primavera estalló a todo color y el comienzo del verano hizo de la ciudad un infierno. Como dada año la ciudad era un atiborro de población permanente, población golondrina que iba y venía por temporadas desde el interior del país y del resto de Latinoamérica a estudiar o trabajar o ambos, y otros que iban desde un día a un fin de semana para hacer las compras para las fiestas. La capital se transforma de hormiguero en hormiguero reventado y hay gente a todas horas en las calles a manera de marea humana.

En el ambiente educativo el panorama es similar. Aquellos que no estudiaron se apuran a cerrar el año haciendo malabares. Aquellos que fueron más aplicados siguen por impulso. En este medio el ciclo lectivo llegaba a su fin en la Universidad. Daniel se encontró con varias asignaturas aprobadas; más de las que había calculado. Es que, literalmente, se encontró con ellas. Había perdido completo interés en la carrera desde aquel encuentro. Sin embargo, no había desertado. A todas luces estaba triste, andaba sonámbulo por la vida mas no era estúpido. Bien sabía que si no continuaba estudiando o no pasaba de año debería dejar Buenos Aires y volverse a sus pagos. Ni pensarlo. La sola idea lo extenuaba. No concebía alejarse… ¿alejarse de quién? Sí, de aquel fantasma que cada vez se hacía más etéreo.

Las imágenes que tenía de aquel encuentro estaban algo desdibujadas por la repetición constante en la mente. La voz, que no había escuchado desde aquel día, se le mezclaba con otras que recordaba de distintas personas. Las conversaciones con el padre de Pablo continuaron pero eran espaciadas. Sentía algo de pudor en molestar al hombre que nada tenía que ver en esta historia y pese a ello era partícipe involuntario. Le parecía injusto. Entonces, solamente llamaba se la desesperación le ganaba o la soledad le torcía la voluntad.

Muy pronto comprendió que podía seguir triste y al mismo tiempo continuar utilizando sus funciones vitales. Las que eran automáticas como respirar las consideró una bendición. Si todo fuera así de fácil, llegaría a pensar. Las que eran voluntarias, desarrollaría una forma particular de concretarlas tan simple como efectiva, una especie de piloto automático que le permitiría estar presente físicamente sin ser presente. Solía presentarse a todos en la Facultad, entablar charlas banales, pero hasta allí llegaba. La pared entre él y el resto se había hecho tan alta como impenetrable. Toda relación era superficial pero le ayudaba a seguir con la vida, a llenar los días, el tiempo que de otra manera sentía vacío y se tornaba insoportable. Tiempo le sobraba. Los estudios siempre le resultaron tarea sencilla.

Comenzó a llenarse de horarios. Decidió remediarlo inventándose, creando compromisos con quien podía y estaba presto a hacer cosas que nunca habría ni siquiera soñado. Practicó deportes y juegos cuyos nombres no era capaz de pronunciar. Visitó los barrios porteños solo o acompañado de alguien de turno. Comenzó a frecuentar bares de todo tipo y cualquier otro lugar donde no estuviera o, mejor dicho, se sintiera solo. Es así que si bien gustaba de ir al cine preferiría evitarlo en esta época. Llegaría a estar tan ocupado que debió en algunas ocasiones levantarse a las cinco de la mañana o acostarse pasada la medianoche para ir a algún mini mercado que estuviera abierto las 24 horas y hacer las compras semanales para tener lo necesario y subsistir.

Aspecto y comportamiento eran lo que la gente llama “normal”. Se presentaba cortés, sonreía, argumentaba y contra-argumentaba con comentarios que los demás encontraban inteligentes…

En ese entonces vislumbró que pese a estos esfuerzos, irremediablemente le sobraría tiempo entre diciembre y febrero o marzo. Volver a Tucumán tantas semanas se le hacía pesado de solamente pensarlo. De seguro lo tendría que hacer para las fiestas; la familia no entendería la ausencia, lo tomarían como un desaire, no lo perdonarían o peor, se darían cuenta del cambio y empezarían a hacer preguntas que él no tenía intención de contestar. Era pues diciembre… estaba decidido a ir, pasar algunos días con la familia, las fiestas y después… ¿y después?

 

Efectivamente, a mediados de diciembre tomó el lechero a San Miguel. Como no había pensado en comprar el boleto antes—en realidad lo pensaba cada día, todos los días desde meses atrás, pero evitaba o posponía el hacerlo hasta que se hizo imposible postergarlo más— tuvo que decidirse por el medio de transporte más económico. Los precios en esa época del año se hacen exorbitantes para viajar el transporte público. Con la crisis internacional que con trombos y trompetas venia el país no era la excepción. Así que a los aumentos esperables en esta época del año le fueron agregados otros que los dueños de las compañías consideraron buena previsión. Sabían perfectamente que pese a las quejas los usuarios pagarían lo que fuera para ver a la familia en las fiestas.

Parte de ese gran negocio son justamente los estudiantes. Buenos Aires es la principal metrópoli del país con las principales Universidades también. Así que pese a que Argentina cuenta con centros de educación superior públicos y privados a todo lo largo y ancho del territorio, mucha gente del interior continua enviando a sus hijos a la Paris latinoamericana. Es cierto, cada vez menos queda de la opulencia de décadas pasadas. La arquitectura sigue allí, pero no se traduce ya en aquellos que pueblan la ciudad. Años de corrupción estatal y desidia privada han colaborado hombro a hombro en desmantelarla de a poco.  Las corrientes migratorias han disminuido, pero son varios los factores que de alguna manera las mantienen fluyendo aunque con cauce menor. A veces por el sueño de vivir en una ciudad grande (enorme), otras por escapar de la familia, poner distancia a penas de amor o simplemente como intento de mejorar la situación financiera. Todavía existía y aun actualmente existe, la idea que en centros tan grandes como la capital del país la gente vive mejor, gana más dinero por hacer menos y todo está al alcance de la mano… ¡Si supieran!

Wednesday, 27 November 2013

Las 24 horas. Capítulo Seis (segunda parte): Desencuentros


Dejó pasar unos días. En realidad, estaba esperando una llamada que nunca llegó ni llegaría. La espera se hizo larga, se sintió larga. — ¿Qué esperaba? ¿A quién esperaba? ¿Para qué le esperaba?— Estoy casi seguro que se lo planteaba y conocía perfectamente la respuesta. Pero, como todos en algún momento de nuestras vidas, o algunos en todo momento, prefería mentirse, disimular que no tenía respuestas y que, sin embargo, la espera sinsentido en realidad daba dirección y destino a su vida. Es que ¿cuantos somos realmente honestos con nosotros mismos? Decimos, deliberamos, argumentamos, defendemos la honestidad con el prójimo pero traicionamos al primero con quien deberíamos ser, con quien somos; o mejor, a quien somos. Creemos y nos convencemos que algo o alguien nos falta, que no estamos completos y que para lograrlo necesitamos de alguien o algo. De allí creamos una meta o personificamos la meta en alguien. Generalmente, la meta o destino dependerá de la comunidad o sociedad o cultura en la que estemos inmersos —casarse antes de los 20 o vivir para vestir santos; tener relaciones sexuales antes de los 18 con alguien del sexo opuesto o ser homosexual; ir a la Universidad o acarrear bolsas al hombro; fumar marihuana, usar drogas o fumar para escaparse; y tantas otras. Una vez que la mente decide el destino o meta, creará la ficción de la necesidad imperiosa de conseguirla. De no conseguirla o demorar en hacerlo, el vacío sobrevendrá, la falta inevitablemente se hará presente. Una falta, un vacío que es tan ficticio como la necesidad creada. Me detengo aquí para continuar con nuestra historia, la que nos ocupa y dejo el planteo para continuarlo en alguna de nuestras próximas meditaciones.

 

Intentó con todas las fuerzas abandonar el departamento. Fue a la Facultad. Era inútil; las clases le parecían ahora aburridas. Observaba desde lejos a los profesores moverse delante del aula, gesticular, pero todo asemejábasele a una película muda. El resto de los compañeros dejaron de existir. Miraba el cuaderno de tanto en tanto y las hojas seguían en blanco. Si no estaba en la Facultad lo encontraba la noche en la biblioteca. No leía. Iba para estar rodeado de gente que no le implicara el esfuerzo monumental de intercambiar palabras. Tomaba un libro, cualquier libro, buscaba un lugar con algunos lectores, se sentaba, abría el libro en cualquier página, fijaba la vista en ella, y así permanecía por horas, en la misma página, en la misma posición  hasta que el sueño o las ganas de ir al baño lo vencían. Entonces, sólo entonces, se levantaba e iba a orinar o defecar y volvía a su asiento a seguir sentado. Si el cansancio lo podía, cerraba el libro, o lo dejaba donde lo había encontrado, y volvía caminando al departamento para hacer tiempo. Las compras se hicieron más esparcidas, incluso las del supermercado. La heladera, antes repleta de frutas, verduras, carnes y algún que otro plato previamente preparado, aparecía casi vacía a excepción de algunas botellas con agua corriente (que tampoco renovaba a diario como antes). Perdió peso, se quedó pálido y ojeroso en una semana. Líneas negras empezaron a aparecerle en el párpado inferior. El no afeitarse sumó a la imagen del deterioro.

Volvía al departamento a cualquier hora, lo más tarde y más cansado posible. Apenas probaba bocado. Su lugar contra la pared junto al ventanal lo esperaba. Desde allí la mirada clavada en el teléfono al otro lado de la habitación. No había tenido noticias y ya habían pasado casi dos semanas desde aquel primer encuentro. Decidió tentar la suerte otra vez. Entró en trance, se levantó, los pasos lo llevaron hacia el teléfono, marcó el número ya grabado a fuego en la mente. Del otro lado el tono indicaba que alguien estaba usando la línea. Clavó el receptor en el aparato y de seguido marcó. De nuevo, ocupado. Repitió el procedimiento sin interrupción unas cinco o seis veces. A esta altura no se daba cuenta de lo que estaba haciendo. Era él inmerso en una especie de ritual que consistía en levantar el tubo, marcar el número, escuchar el sonido que indicaba que del otro lado alguien estaba usando la línea, colgar para solamente volver a comenzar el círculo tan estúpido y sin sentido como desesperado.

¡Finalmente llama!—pensó. En ese instante salió del trance. — ¿Qué digo? ¿Quién contestará?—las preguntas se sucedían una tras otra en un intervalo que duro uno, dos, tres timbrazos. La misma voz de la vez anterior del otro lado. Evidentemente, no era Pablo. Tampoco hoy estaba allí. Tampoco hoy se conocía el paradero o cuando volvería. Pese a ello, Daniel se presentó: un amigo del interior que ahora vivía en Buenos Aires. El interlocutor hizo lo propio, quizá movido por la lástima, quizá por cortesía, o mero aburrimiento. Era el padre. Se llamaba Adalberto. Esta sería la primera de varias charlas de ocasión entre los dos. No se conocerían hasta meses después. Pero iniciaron una invisible e intangible relación movida por el fantasma del vínculo que los unía, el hijo, la fijación, el Pablo que parecía no existir.

Cada vez que llamaba la respuesta era la misma y quien se la daba también. Adalberto explicaba en voz tranquila y pausada que Pablo no estaba, que recién había salido, que creyó verlo pero al volverse a llamarlo ya no estaba y demás. A veces hasta daba la sensación que sí se encontraba presente, que se hacía negar. En esas ocasiones el padre cambiaba el tono de voz, era definitivamente distinto. Es decir, la conversación empezaba como siempre pasando revista de la semana o los días anteriores, el país, el mundo, el clima, la corrupción. Y cuando se venía la pregunta— ¿Está Pablo?—el padre hacía una pausa—¿Estaría mirándolo?—y volvía a la conversación con palabras de disculpas, entrecortadas, explicando que por una u otra razón el hijo no se encontraba y no conocía paradero ni tenía remota idea de cuando lo vería, pero aseguraba le dejaría el recado. Después de unas frases más la conversación se desinflaba. Daniel y Adalberto de despedían hasta la próxima vez para de nuevo iniciar la misma coreografía verbal con el teléfono como canal.