En realidad desde la ventanilla del tren imagina cual, de entre un grupo, es su casa. Solamente tiene un pedazo de recorte de papel con su dirección—o al menos, la que Daniel cree es su dirección.
Pocos minutos después el tren amaina su marcha. El final, el comienzo, están llegando. La máquina se detiene por completo. Están en Ezpeleta.
¿Bajar o quedarse en el vagón? Se incorpora, da unos pasos y se detiene delante de una de las puertas dobles. Toma el estribo. Desciende un escalón. Se paraliza. Esos segundos se sentían eternos. El tren empezaba a moverse lentamente y él seguía en el mismo escalón, asido al estribo.
Como sacado de un trance, la bocina del tren que anticipa la marcha rompe el silencio y lo despierta— ¡El tren se mueve! ¡Y yo aun encima!
De un salto abandona el vagón. En el andén solamente él y su alma: ¿y ahora?
Abre el puño derecho y lee el mismo papel que viera antes, ahora hecho un bollo arrugado y húmedo de traspiración. Alza la mirada y se dirige irresoluto hacia la salida de la estación.
La noche era de una oscuridad cerrada. Sin embargo, la tormenta había pasado y el cielo se mostraba limpio con pequeñas luces a todo lo ancho. Esto le dio una cierta calma. ¿Derecha o izquierda? ¿Para dónde ir? No conocía el lugar, eran pasadas la 1:30 de la mañana y no se veía un alma.
Luego de dubitar unos segundos, comienza un lento caminar y decide ir a la derecha. Algo le dice que debe de ser en esa dirección. Sabe que (o supone) su casa debe estar a orillas o muy cerca de las vías—cada vez que hablaban por teléfono el pitar del tren se escuchaba claro, como si estuviera a unos pocos metros de distancia.
La calle inmediatamente fuera de la estación es 25 de Mayo. Revisa el papel nuevamente: dice Bartolomé Mitre. Pero algo lo lleva, lo empuja hacia la derecha. Decide continuar. A unos metros, un paso a nivel y cruza al otro lado de las vías. ¡Eureka! Su corazón, su pecho se llenan de una mezcla de alivio y excitación: ¡Bartolomé Mitre! Estaba en lo cierto. A esta altura de encontraba entre los números 500 a 550. El papel mostraba claramente 1701. Y dedujo que las cuadras iban de 50 en 50 números. A seguir caminando pensó.
Casi las 2:30 de la mañana. Dejando atrás la estación, dirige la marcha a Bartolomé Mitre 1701. Las primeras cuadras están asfaltadas. Casas modestas, departamentos y edificios de una o dos plantas, algunos pequeños negocios que no son más que habitaciones de esas mismas casas transformadas en almacenes, kioscos o verdulerías. Una, dos, tres cuadras. De súbito, todo cambia. El asfalto se termina, las casas se convierten en precarias construcciones u obras a medio terminar. Vegetación a ambos lados de la calle. Aparecen zanjas por donde se ve correr un agua oscura y espesa. Y, como dijera antes, el asfalto termina para dar lugar a una mezcla de tierra compacta y escombro. La iluminación artificial que metros antes existía, si bien escasa, permitía ver unos pasos adelante y atrás, ahora se hacía más disipada. Como en tantos otros casos, evidentemente el intendente de turno o el gobernador se había olvidado de las promesas pre-electorales y había preferido invertir el dinero para las obras en arcas propias, intuyó Daniel.
Pese al silencio y la nada, él seguía adelante. No estoy seguro si estaba decidido, dormido o simplemente no prestaba caso alguno a las circunstancias que lo rodeaban. El continuaba. Cinco, diez, quince minutos después y a paso tranquilo al principio, luego a marcha rápida y agitada, llega a destino. Allí está: pasadas las 3 de la mañana y se encuentra frente a Bartolomé Mitre 1701. Para su sorpresa, no es la casa que había imaginado, aquella que veía en cada viaje cada vez que tomaba el tren y se sentaba del mismo lado. No se desilusionó.
De frente, hacia la izquierda, una entrada amplia que podría bien ser un garaje cubierto con techo de chapa. Pero no había automóvil, solamente un amplio espacio vacío. De fondo, un telón plástico separando el garaje de lo que sería un patio o jardín. Hacia la derecha del garaje, la casa de una planta. De frente, una cortina metálica de esas bien pesadas de negocio, pintada hace rato de un color marrón ganado por el óxido (quizá de hecho el color era a causa del óxido). Esa no podía ser la entrada—pensó, pero no se veía puerta alguna. Observó nuevamente, mejor, y se dio cuenta que la puerta estaba al costado, entre el garaje y la casa. Como el garaje no contaba con portón ni rejas no separación alguna respecto de la vereda, se acercó. Estaba a escasos dos metros de la puerta.
En ese momento, como despertándose de otro trance por segunda vez esa noche, se observa a sí mismo, mira su reloj y se da cuenta que son pasadas las 3 de la mañana. No puede llamar a la puerta, por lo menos, no a esa hora. No tiene idea de quien vive en esa casa. En realidad supone que esa persona vive allí. Pero, aunque fuera cierto, tampoco sabe si esa persona vive sola en esa casa. ¿Tendría familia? ¿Vivía con alguien? ¿Vivía aquí? Recién en ese momento se da cuenta que estaba en medio de un lugar desconocido, a una hora poco sociable para visitas con la idea de golpear la puerta de alguien que no esperaba verlo y sin siquiera saber si ese alguien vivía allí.
Se turbó; mas no cambió de idea. Caminó hacia la esquina, en dirección a la estación. Se detuvo. Estaba allí. No podía dejar semejante viaje en un intento sin siquiera comprobar si estaba en lo cierto o no. No tenía miedo de equivocarse. ¿Se decepcionaría?: de seguro. Sin embargo, sabía que sería peor volver a Buenos Aires sin haber tocado a la puerta. Decidió entonces quedarse allí. Se sentó en la esquina, apoyando la espalda contra el poste de luz, y esperó una, dos, tres horas.
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Tuesday, 29 October 2013
Monday, 28 October 2013
Las 24 horas. Capítulo Dos: Tren a Ezpeleta
Ya en las calles, Daniel se echa a deambular sin rumbo; como desorientado pero a la vez llevado por una fuerza sutil de la que no podía librarse. Serían como las 12:10 de la noche. La tormenta había pasado dejando por doquier sus marcas. Los pocos especimenes arbóreos que todavía se conservaban en la zona aparecían lastimados brutalmente. El agua en el suelo llegaba a los tobillos y con el pasar de los automóviles se manifestaba en pequeñas olas sin destino. Él, inmutable, continuaba su marcha. La oscuridad se había convertido en su celosa compañera. Ni un alma en metros. Algún ladrido perdido a lo lejos. Las canaletas de las viejas casas todavía descargaban líquido desde sus entrañas. Parecía perdido. Empero, dirigía los pasos como de la mano del destino, llevado por una fuerza que no entendía y sin embargo aceptaba. Sin ponerse a pensar cómo ni preguntárselo, tras no menos de cuarenta cuadras, a lo lejos se vislumbraban las luces del ferrocarril.
Con su mente aún obnubilada, atraviesa la Plaza Constitución; aquí sí que se hacían presentes varios “fenómenos”. A decir verdad, rostros deshumanizados harto extraños que exhalaban intenciones funestas. Por el contrario, Daniel siguió enderezado hacia la estación sin inmutarse. Si no lo conociera, diría que actuaba seguro para no mostrar miedo, cuando, en realidad, pasó por entre estos personajes sin siquiera notar su presencia, existiendo, continuando sólo por una razón. Sin darse la más mínima cuenta, jugaba por entero con el peligro de aquel entorno nefasto. Para él resultaba el más emocionante y aterrador de los juegos, no por las circunstancias que lo rodeaban sino por el hecho que el fracaso de su empresa era casi seguro. De todas maneras, era toda la razón que él veía para existir. ¿Por qué no hacerlo?, llegó a preguntarse en un rapto de lucidez.
Dentro del lugar -serían pasadas las 12:50- se apresura a comprar su boleto. Recién en este momento se siente nervioso. ¿Por qué? No me creerían. Solamente por la posibilidad de haber perdido el último tren hacia su suerte. Sucede que el país vivía una de las peores crisis económicas en décadas. En consecuencia, entre los recortes de costumbre, las autoridades habían cancelado horarios y recorridos. Otra persona en su lugar hubiera esperado al día siguiente. Pero él no. De seguro se preguntarán: ¿por qué no ir por otros medios? Tampoco. El viaje debía de hacerse a bordo de un vagón. Nuevamente se interrogarán acerca de la causa y nuevamente tendrán que esperar como él lo hizo esa y otras tantas veces...
Para su suerte, el último tren aún no había partido. Luego de tomar el boleto, vuela hacia el andén. La locomotora comenzaba la marcha y, sin hesitaciones, corre tras la huella hasta alcanzarla. Finalmente, cuando consigue asirse a uno de los estribos siente alivio.
Escuchando el silencio. Engañando al entendimiento. Sin sueños que seguir. Sin alas con que volar. Sólo dudando. Así se encontraba. Llevado por una decisión huérfana de razón, seca de sed...
Continuó su trayecto. Como quedara dicho, era demasiado tarde ya. La compañía en el vagón no era del todo agradable. Escasa concurrencia; eso sí, de lo más selecta. Vagabundos, pordioseros, aire envilecido de susurro etílico. A media e intermitente luz. Sin embargo, nada parecía afectarlo. Inmutable en su asiento, rostro hacia la ventanilla, mirada perdida en la oscura distancia pero con la certeza de esperar una llegada. Lejano a esta tierra y, a la vez, tan dentro de aquel momento. Viviendo el presente, el ahora, pero sin hacerlo consciente. Conectado a su realidad, desconectado de la realidad.
Uno de los hombres que se encontraba en el asiento anterior al suyo, sin aparente motivo, comenzó a vociferar. Y, de un movimiento, saltó y tomó de la chamarra a quien tenía en frente. Comparados, el primero era una mole maciza y alta; el segundo, un pequeño proyecto de ser humano que le llegaría a poco más que la cintura. Una vez que lo tiene entre las manos, comienza a golpearlo en toda su humanidad, a puñetazos y puntapiés indiscriminados. Pero nadie intervenía. Al llegar a Avellaneda, el hombrecillo, ya deshecho, descendió como pudo arrastrándose. Y el otro, con algo de sangre en los nudillos, ocupó nuevamente el lugar en el que estaba. A todo esto, y pese a haberlo presenciado en total inmediatez, Daniel no demostró sorpresa. No por miedo o cobardía, sino porque un solo motivo lo movía. El resto no importaba; apenas si existía.
A veces, la vida es dulce, dulce como néctar. Otras, amarga. Y también, creo la peor opción, insípida. Ya en Sarandí, el gigante nos deja. Restaban escasamente cuatro almas en aquel vagón. Y así pasaron Villa Dominico, Wilde, Don Bosco, Bernal, etc., etc. A esta altura, eran solamente él y alguien dormido.
Viéndose tan cercano al destino, el miedo se presentó nuevamente. ¿Seguía o desistía? Pero ya estaba allí. ¿Qué más daba? ¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Que no lo recibiera? ¿Ser echado? Sí, es cierto, no parece mucho. Y lo era. Quebraría la existencia en pedazos. Pero, de hecho, ya estaba destrozado. Quizá por fin tendría un punto de partida, o un final; no esa nebulosa que lo cubría desde que se conocieron, esa incertidumbre que lo tenía paralizado desde entonces.
¿Y volver? Por un lado, a esas alturas no tendría tren en que hacerlo. Sabía que debería esperar al menos seis horas por el próximo. Es cierto, desconocía casi por completo a donde iba; el éxito de la aventura no parecía plausible. Pero, seguir haciendo oídos sordos al llamado que nacía desde adentro era imposible. Debía continuar. No tenía otra razón mejor para vivir -o morir. Entonces, ¿por qué no?
De pronto allí está. Luego de seis o siete estaciones. Quiere gritar; no puede. Una extraña sensación, mezcla de pasión y odio desbordantes, se lo impide. Aquéllo que buscaba sin saberlo conscientemente. Su casa. La de ese ser, esa persona a quien su vida, latir, soplos pertenecían. Una incontenible presión lo sacude desde las entrañas...
Con su mente aún obnubilada, atraviesa la Plaza Constitución; aquí sí que se hacían presentes varios “fenómenos”. A decir verdad, rostros deshumanizados harto extraños que exhalaban intenciones funestas. Por el contrario, Daniel siguió enderezado hacia la estación sin inmutarse. Si no lo conociera, diría que actuaba seguro para no mostrar miedo, cuando, en realidad, pasó por entre estos personajes sin siquiera notar su presencia, existiendo, continuando sólo por una razón. Sin darse la más mínima cuenta, jugaba por entero con el peligro de aquel entorno nefasto. Para él resultaba el más emocionante y aterrador de los juegos, no por las circunstancias que lo rodeaban sino por el hecho que el fracaso de su empresa era casi seguro. De todas maneras, era toda la razón que él veía para existir. ¿Por qué no hacerlo?, llegó a preguntarse en un rapto de lucidez.
Dentro del lugar -serían pasadas las 12:50- se apresura a comprar su boleto. Recién en este momento se siente nervioso. ¿Por qué? No me creerían. Solamente por la posibilidad de haber perdido el último tren hacia su suerte. Sucede que el país vivía una de las peores crisis económicas en décadas. En consecuencia, entre los recortes de costumbre, las autoridades habían cancelado horarios y recorridos. Otra persona en su lugar hubiera esperado al día siguiente. Pero él no. De seguro se preguntarán: ¿por qué no ir por otros medios? Tampoco. El viaje debía de hacerse a bordo de un vagón. Nuevamente se interrogarán acerca de la causa y nuevamente tendrán que esperar como él lo hizo esa y otras tantas veces...
Para su suerte, el último tren aún no había partido. Luego de tomar el boleto, vuela hacia el andén. La locomotora comenzaba la marcha y, sin hesitaciones, corre tras la huella hasta alcanzarla. Finalmente, cuando consigue asirse a uno de los estribos siente alivio.
Escuchando el silencio. Engañando al entendimiento. Sin sueños que seguir. Sin alas con que volar. Sólo dudando. Así se encontraba. Llevado por una decisión huérfana de razón, seca de sed...
Continuó su trayecto. Como quedara dicho, era demasiado tarde ya. La compañía en el vagón no era del todo agradable. Escasa concurrencia; eso sí, de lo más selecta. Vagabundos, pordioseros, aire envilecido de susurro etílico. A media e intermitente luz. Sin embargo, nada parecía afectarlo. Inmutable en su asiento, rostro hacia la ventanilla, mirada perdida en la oscura distancia pero con la certeza de esperar una llegada. Lejano a esta tierra y, a la vez, tan dentro de aquel momento. Viviendo el presente, el ahora, pero sin hacerlo consciente. Conectado a su realidad, desconectado de la realidad.
Uno de los hombres que se encontraba en el asiento anterior al suyo, sin aparente motivo, comenzó a vociferar. Y, de un movimiento, saltó y tomó de la chamarra a quien tenía en frente. Comparados, el primero era una mole maciza y alta; el segundo, un pequeño proyecto de ser humano que le llegaría a poco más que la cintura. Una vez que lo tiene entre las manos, comienza a golpearlo en toda su humanidad, a puñetazos y puntapiés indiscriminados. Pero nadie intervenía. Al llegar a Avellaneda, el hombrecillo, ya deshecho, descendió como pudo arrastrándose. Y el otro, con algo de sangre en los nudillos, ocupó nuevamente el lugar en el que estaba. A todo esto, y pese a haberlo presenciado en total inmediatez, Daniel no demostró sorpresa. No por miedo o cobardía, sino porque un solo motivo lo movía. El resto no importaba; apenas si existía.
A veces, la vida es dulce, dulce como néctar. Otras, amarga. Y también, creo la peor opción, insípida. Ya en Sarandí, el gigante nos deja. Restaban escasamente cuatro almas en aquel vagón. Y así pasaron Villa Dominico, Wilde, Don Bosco, Bernal, etc., etc. A esta altura, eran solamente él y alguien dormido.
Viéndose tan cercano al destino, el miedo se presentó nuevamente. ¿Seguía o desistía? Pero ya estaba allí. ¿Qué más daba? ¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Que no lo recibiera? ¿Ser echado? Sí, es cierto, no parece mucho. Y lo era. Quebraría la existencia en pedazos. Pero, de hecho, ya estaba destrozado. Quizá por fin tendría un punto de partida, o un final; no esa nebulosa que lo cubría desde que se conocieron, esa incertidumbre que lo tenía paralizado desde entonces.
¿Y volver? Por un lado, a esas alturas no tendría tren en que hacerlo. Sabía que debería esperar al menos seis horas por el próximo. Es cierto, desconocía casi por completo a donde iba; el éxito de la aventura no parecía plausible. Pero, seguir haciendo oídos sordos al llamado que nacía desde adentro era imposible. Debía continuar. No tenía otra razón mejor para vivir -o morir. Entonces, ¿por qué no?
De pronto allí está. Luego de seis o siete estaciones. Quiere gritar; no puede. Una extraña sensación, mezcla de pasión y odio desbordantes, se lo impide. Aquéllo que buscaba sin saberlo conscientemente. Su casa. La de ese ser, esa persona a quien su vida, latir, soplos pertenecían. Una incontenible presión lo sacude desde las entrañas...
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