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Monday, 18 November 2013

Las 24 horas. Capítulo Cuatro (segunda parte): ¡Viva Buenos Aires!


Bien al centro, edificios altos. Cada vez más dentro de la Avenida comienzan a achicarse y se transforman de oficinas en lo que deben ser departamentos. Algún que otro negocio. Una plaza o plazoleta a mano derecha. Más edificios de departamentos. Una marea de automóviles detrás, al costado y por delante del taxi. En su vida había visto tantos vehículos juntos. Gente yendo, gente viniendo. Algunos solos, otros en parejas o paseando perros, otros tantos en grupos.

Daniel miraba a través de la ventanilla entreabierta a diestra y siniestra. Giraba la cabeza y miraba hacia atrás. Tenía miedo. Estaba excitado. Se sentía vivo. Unos 15 a  20 minutos después de dejar Retiro y el taxista repite por tercera vez, ahora casi gritando— ¡Muchacho! ¡Acá estamos! ¡Ya llegamos! Daniel lo mira, no entiende. Un segundo después se da cuenta como en una revelación: está en Buenos Aires. ¡Llegó a destino!  

Deja el taxi, toma la maleta, paga y le da la espalda al auto y al conductor que aún estaba contando el dinero recibido. Como en trance, mira los edificios frente a él. Luego mira hacia arriba y entretiene el pensamiento viendo un balcón seguido de otro y otros tantos. Este sería su nuevo hogar por ahora, por quien sabe cuánto.

A paso lento llega a la entrada de uno de los edificios. Llama como había arreglado de antemano a la portería. Una voz entrecortada, lo que parece una y media frase, silencio. Daniel no entiende. Un minuto, cinco minutos, diez minutos esperando. Al rato, un hombre de mediana estatura y mediana edad (o al menos eso aparentaba) se aparece vestido de overol con la parte superior desabotonada, mostrando algo se su velludo pecho. Era el portero.

Se miran de reojo, se presentan y Daniel es admitido. Caminan por el hall de entrada. Espejo contar la pared derecha (de hecho, todo el muro esta espejado). A la izquierda, pared blanca con un macetón en la esquina y un palo de agua que aseguraba muchos años y poco cuidado. Las paredes se acercan luego de unos metros en un pasillo angosto. Allí, puertas para dos ascensores. Al final, otra puerta que debería ser para la escalera de emergencia.

Llaman al ascensor. No hay dialogo. Las puertas se abren. Entran. El portero presiona el número siete. La subida se sintió lenta, muy lenta para Daniel. Observaba de reojo al portero de tanto en tanto. Recién ahora se daba cuenta que no conocía su nombre. Le preguntó—Disculpe, ¿cómo se llama?—a manera de excusa para iniciar una conversación.  —Raúl—contestó secamente el interlocutor y continuó con la mirada fija en la pared del ascensor. Daniel miró el techo, el piso, a los costados. Se sentía incómodo. De tanto en tanto observaba en overol abierto del hombre y su pecho velludo.

Llegaron al séptimo piso. Vuelta a la derecha, y otra vez a la derecha. Departamento A. el portero toma de su bolsillo un manojo de llaves y abre la puerta. Pasa Daniel. Pasa el portero. Vuelve a meter la mano en el bolsillo y saca un minúsculo llavero con dos llaves, estira el brazo y las deposita sin más aviso o ceremonia en la mano derecha de Daniel (quien intuye son las llaves de acceso al edificio y a su nuevo departamento). El portero se da media vuelta, sale y cierra a puerta detrás de él.

Daniel se ve solo en ese, su nuevo hogar. No entendió muy bien a su anfitrión. Se quedó pensando medio perplejo unos segundos. Sacudió la cabeza como sacándose la idea de encima y observólo todo por primera vez. Era un espacio amplio. O así parecía puesto que en realidad estaba pelado. Como mobiliario, una mesa con patas metálicas y tapa de vidrio grueso transparente al medio de lo que sería el comedor, living o living-comedor—pensó. De acompañamiento, cuatro sillas también con patas metálicas y asientos y respaldos en símil cuero negro. Paredes blancas sin adorno alguno. Alfombra verde claro que aun olía a pegamento. Hacia la izquierda de ese ambiente, la cocina perfectamente instalada, impecable, con todas las comodidades de un hogar moderno—horno y hornallas eléctricas, campana extractora de aromas indeseables, frízer y heladera, lavaplatos, lavarropas, agua caliente y fría, y algún que otro detalle que ahora mismo no me viene a la cabeza.

Se sintió bien, muy bien. El olor a la alfombra nueva o el pegamento que usaron para fijarla le recordaría siempre ese momento con felicidad. Volviendo hacia la puerta de entrada, que da lugar a una especie de pasillo interno, dos puertas enfrentadas. De un lado, el cuarto de baño con lo básico, muy básico—ni siquiera un espejo. Del otro lado, la que sería su habitación. Abre la puerta y se encuentra con un ventanal de frente y paredes blancas más la misma alfombra verde claro que se repetía en todo el piso del departamento, excepto el baño y la cocina.

Volvió sus pasos hacia el cuarto principal, la gran sala que sería su living-comedor y cocina. Abrió la maleta. Se dio cuenta que no tenía lugar donde colgar sus cosas, no habían cajones o armarios donde acomodarlos. De seguido, pensó en comer. Frízer y heladera estaban obviamente vacíos. Era media tarde. Estaba cansado. Pensó en bajar por comida pero recordó que lo único cerca era una estación de servicio con el respectivo kiosco. Preguntar al portero parecía un esfuerzo titánico. No por lo hermético que se mostraba este personaje más por las pocas ganas y escasas energías que le restaban a Daniel.

Miró nuevamente dentro de la maleta. Encontró alfajores, turrones y una bolsa de frutos secos. Agua seguramente tenia. Lo comprobó revisando la grifería en la cocina y baño. Era un hecho. Tenía todo lo suficiente como para no morirse de hambre o sed lo que le restaba del día. Allí se quedaba. Al día siguiente exploraría el área.

¿Y dormir? No había cama. Más bien, no había mueble alguno. Solamente la mesa y las cuatro sillas. La alfombra era nueva, se notaba. Esponjosa sí, pero no como para servir de cama, ¿o sí? Tiró un tallón al piso, se acostó encima. Empezó a moverse de un lado a otro. Se quedó boca arriba, viendo el techo blanco, viendo la nada, pensando en nada. Cerró los ojos, se durmió. Estaba en casa.

Tuesday, 5 November 2013

Las 24 horas. Capítulo Cuatro: ¡Viva Buenos Aires!


Al encontrarse, sin saber cómo, abandonado a su suerte en la casa, empezó a invadirlo un estremecimiento producto de la soledad—sin que pudiera entenderlo aún. La familia lo dejaba a menudo desde aquel fin de semana sin más compañía que la de su alma. Este tipo de situaciones se daban cada vez con mayor frecuencia. Cuando no quería seguir a sus padres o hermanos en una de esas salidas que consideraba demasiado “sociales” o algo por el estilo, se quedaban él, su alma y el mobiliario. Muchos individuos, sí; pero demasiado callados... Parece mentira pero de vez en cuando, un poco en broma, un poco en serio, decidía que estos individuos—al menos, algunos de ellos—eran interlocutores válidos y lograba entablar conversaciones unilaterales.
Se daría cuenta años después a otra altura de la vida y luego de haber vivido varias y diferentes situaciones y personas. Ciertamente, llegaría a la misma conclusión que tenía al ser niño: el peor y más temido de todos los miedos, el que compartimos con la humanidad entera es y será el mismo, la soledad. Así es: de niños pasamos tribulaciones indescriptibles cuando nuestros padres se alejan por cualquier motivo; cuando cambiamos de curso y debemos enfrentar un nuevo año con quien sabe que nuevos desconocidos; cuando, en definitiva, nos hallamos solos ante el resto, ante lo novedoso, ante nosotros mismos. De adultos: exactamente igual. Estamos años luego de la adolescencia intentando independizarnos, tener un lugar en el mundo, proyectarnos, vivir solos. Y cuando al fin lo logramos, el siguiente objetivo, cuando no preocupación es… conseguir quien nos acompañe. Por supuesto, buscamos el “amor” que nos asegure la felicidad, aquel ser que nos complemente, o más bien, que nos complete. ¿Dónde quedó el deseo, la búsqueda de independencia, de libertad? Allí justamente en el lugar de los sueños que son sólo eso, sueños. Metas inalcanzables para al menos la mayoría de los mortales.
Daniel no era la excepción a la regla. Al contrario, cumplía todos los requisitos. Escasamente pasados los veinte. Esta era la vida de Daniel. Su existencia rara vez tenía algo de diferente. Como tantos otros jóvenes de esa edad recién se entrometía en lo mundano. Pero aquella llamada de ya hace varios meses lo había dejado inquieto. Había probado apenas y el gusto a lo desconocido lo consumía. Eso o el aburrimiento de una vida de adolescente tardío que no daba muestras de mejorar sino se decidía a hacer algo urgente al respecto.
……………………………….
 
Era marzo. Aun hacían días de calor de un verano que empezó tarde. Daniel llega a Buenos Aires para empezar la Universidad. No podía dejar la casa familiar sin una buena excusa o una razón de suficiente peso. Era trabajar o estudiar pensó. Como siempre le había ido bien en los estudios y tenía poca—o nula—experiencia en otras facetas de la vida, incluida el trabajo, la idea de estudiar una carrera fue la más simple y obvia opción. Estaban las cuestiones de elegir carrera y lugar donde hacerlo. Aquello que ciertamente le fuera beneficioso en la escuela primaria y en la secundaria, su contracción por el estudio y una habilidad innata para adquirir conocimiento y ser creativo le pesaba a la hora de elegir que hacer, que estudiar. Las carreras de moda no le llamaban la atención. Era definitivamente un clásico y prefería la idea de una carrera que sonara, pareciera y fuera solida—o al menos, que tradicionalmente así se viera. Se definió por ingeniería. En cuanto al lugar, bien sabía que quería irse lejos y ver el mundo. Si hubiese podido, seguramente había estudiado en otro país, en otro continente. Con la excusa que las mejores Universidades y las mayores chances de empleo estarían en la capital, la elección fue clara desde un comienzo: Buenos Aires.
Su primer impresión, Retiro. Desciende del ómnibus luego de horas y horas y más horas en tránsito. Toma su única maleta y comienza a caminar por los pasillos hediondos y sobrecargados de artículos multicolores que se asomaban de negocios tan minúsculos que apenas tenían lugar para una silla o banqueta para quien los atendía.
Hombres grandes pidiendo limosna acuclillados, sentados o acostados en el suelo. Algunos niños haciendo lo mismo. Algunos otros aspirando de bolsas de plástico o de papel marrón. Más que curiosidad, Daniel sintió miedo y apresuró el paso. Se tiró de cabeza al primer taxi que vio y sin mirar al conductor balbuceó “Córdoba al 1500”. El conductor bajó la bandera y empezó la marcha.
La ciudad era más grande de lo que recordaba. Las calles más anchas y las avenidas, inmensas. Edificios altos, muy altos. Es que había estado allí una sola vez hacía más de una década en una visita escolar. Recordaba vagamente la Casa Rosada, el Cabildo, la Catedral y la tumba de San Martín, el edificio del Congreso. Pero nada de estas construcciones que se levantaban imponentes. La razón era—supuso—la buena etapa financiera en los 90s que había traído consigo mejoras en todo el país, principalmente en construcción y vivienda. Sin embargo, ya se observan incluso en Buenos Aires las primeras señales de estancamiento con edificios abandonados a medio construir o solo cimientos de proyectos que nunca verían concretarse. Entre ellos, el sinnúmero de obras públicas a medio terminar. Es cierto que en este último caso, el de las obras del estado, nada tenía que ver la economía global o local y sí los intereses del gobierno y autoridades de turno. Hubiera o no crisis o bonanza financiera, dinero para esas obras interminables siempre había. Y siempre resultaban más costosas de lo originalmente planeado. Además, era casi seguro que nunca se terminaran o, si se terminaban, eran derrumbadas por el gobierno siguiente.
Inmediatamente al dejar Retiro se dio cuenta que a mano izquierda debería estar el río pues los edificios se hacían discontinuos. Una, dos, tres cuadras y unas más y el taxista gira. El obelisco y la Avenida Corrientes. Los teatros ambos lados de la avenida. Una y otra calle y otra más. Finalmente, Avenida Córdoba.