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Monday, 30 December 2013

Las 24 horas. Capítulo Ocho (cuarta parte): Madrid


Decidió no arriesgarse más de esa forma. No valía la pena. Al menos, no por ahora y de esa manera tan lanzada. Tenía sus regulares, como él gustaba llamarles.

El corazón se le había apagado. El sexo que tenía era por deporte, por no estar solo en tal o cual noche, para sentirse vivo, o simplemente para sacarse la calentura. Había logrado conocer algunas personas en la Universidad. Pero ninguno de ellos lo frecuentaba. Él tampoco lo hacía. Como vivía en un bloque de apartamentos el contacto con los vecinos era esporádico, de tanto en tanto el algún ascensor, cerca de la puerta de entrada al edificio, o entrando o saliendo de su guarida. Hablaba con la familia los domingos por la mañana. Lo hacía desde un locutorio en el centro, cerca de Puerta del Sol. La conversación se extendía entre treinta minutos y no más de una hora. Las preguntas y las respuestas se repetían cada semana: clima, rutina diaria y semanal, exámenes, precios de productos alimentarios esenciales de un lado y otro del Atlántico. Primero hablaba con la madre, después con el padre repitiendo algunos de los temas tocados minutos antes. Y si había algún hermano, lo mismo otra vez. Así sucesivamente hasta terminar por ese domingo.

Se fue el invierno, que ese año se extendió hasta abril con fríos polares en toda Europa. La primavera tardía trajo consigo una Madrid bulliciosa, inagotable, con gente en las calles céntricas las 24 horas. Por ese entonces Daniel gustaba de quedarse en el apartamento luego de regresar de la Universidad o de la biblioteca central. En una de esas caminatas de vuelta al hogar en las que iba irremediablemente con la cabeza en las nubes, tropezó con un hombracho de casi dos metros de altura. Rogelio González su nombre. Era originario de Barcelona pero había llegado a Madrid el año anterior. La crisis financiera ya se hacía notar y era España de los primeros países en recibir el sacudón. Muchas familias se desmembraban perdiendo miembros que buscaban horizontes en otros países y hasta en otros continentes. Rogelio era uno de ellos. Empezó en Madrid pero tenía en claro que bien podría ser la primera parte de un viaje mucho más largo hacia alguna tierra en donde la oportunidad de trabajar dignamente existiera.

Luego del tropiezo, o más bien la embestida, Daniel trastabilló y cayó al suelo en un reguero de papeles, cuadernos, y libros. Rogelio se disculpó; no lo había visto venir en dirección contraria pues también estaba con la cabeza en otro lado, en otro mundo. Desde el momento en que se miraron existió un código, algo de complicidad. Nunca llegarían a ser del otro y, sin embargo, eran dos extraños de tantos otros que pasaban la vida en un coma diario sin mucho sentido, con poco que esperar del día siguiente y menos de un futuro del que ni siquiera pensaban.

Juntaron entre los dos los papeles, cuadernos, y libros. Cuando Daniel se disponía a seguir caminando, dio las gracias y la espalda para continuar la marcha. Rogelio extendió la mano y lo tomó del hombro derecho con un gentil pero firme agarre. Daniel se paralizó no de miedo sino de intriga. Hay momentos en la vida en que la duda es tan grande y las ganas de conocer un poco más tan acuciantes que el peligro no importa, no se piensa, no se ve. Frente a él un hombracho de alrededor de 35 años, casi dos metros de altura, hombros anchos, pecho prominente, y brazos amplios. El rostro de calmada profundidad, sin llegar a estar encajado pero tampoco relajado. No hablaba mucho. Observaba.

Terminaron siendo amigos, grandes camaradas de ventura y desventura. Nunca sucedió ni sucedería algo carnal entre ellos. Existió sí una complicidad tan absoluta como tácita entre ambos. Los dos lo necesitaban y mucho. Los dos se necesitaban. No lo sabían pero ambos lo intuyeron. Esa noche del día en que se conocieron durmieron juntos en la misma cama. No ensayaron el sexo ni lo intentaron si quiera; permanecieron el uno al lado del otro, cada uno de su lado de la cama. Al principio, hablaron. Al cabo de un rato, silencio. Luego, ronquidos y otros ruidos guturales de un lado tanto como del otro.

A la mañana siguiente se despidieron. Estaban en el apartamento de Rogelio por lo que éste bajo a destrabar la puerta de entrada al edificio que a esa hora se cerraba con llave por seguridad. Se dieron la mano y un adiós corto la coreografía de la despedida. Daniel giró y comenzó a alejarse. Luego de unos pasos comprendió que no habían intercambiado dirección, número telefónico, u otro dato para mantener el contacto; solamente conocía el nombre de pila de este individuo. Estaba acostumbrado. Pero había algo distinto en este encuentro… Al tomar la primer esquina y antes de entrar por la boca de Metro, de nuevo el mismo brazo lo jala del hombro derecho. Rogelio, esta vez agitado, lo había corrido para entregarle un papel con el número de teléfono y la dirección del apartamento en el que habían pasado la noche, su hogar de ahora, su hogar por ahora. Daniel lo tomó sin entender mucho, lo miró y sin pensarlo dos veces, lo metió en el bolsillo trasero del pantalón. Extendió la mano derecha, saludó a Rogelio como había hecho minutos atrás y se fue corriendo a tomar el Metro. Rogelio lo miraba medio perplejo, inmutable, desaparecer entre varios otros transeúntes que entraban y salían de allí.

Sentado ya en el vagón Daniel volvió en sí. Miró a ambos lados como para asegurarse que esta vez nadie lo había seguido. Cuando estuvo realmente tranquilo con el chequeo, metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón y sacó el estrujado papel que leía el nombre completo de Rogelio, dirección y número telefónico. Como golpeado por rayo, la idea le cayó fulminante. Dejo el vagón en la estación siguiente, tomó metro en dirección opuesta y en unos minutos más tarde estaba llamando al apartamento que escasamente media hora atrás había dejado…

Thursday, 12 December 2013

Las 24 horas. Capítulo Ocho (tercera parte): Madrid


Al principio se llenó de salidas, ruido, gente y sustancias. Las semanas corrían y cuando quiso darse cuenta, febrero y los cursos llegaron. La Universidad lo aburría. Pero, como tonto no era, entendía bien que para quedarse en Madrid tenía que esforzarse algo en los estudios o al menos, aparentar hacerlo. Terminadas las horas de estar sentado o escuchar estupideces de tamaño académico, tomaba el metro y terminaba en Puerta del Sol. O mejor dicho, allí empezaba. De ahí, a uno de los bares en Chueca; el que fuera. Desde mediados de la tarde hasta que oscurecía, alguna que otra bebida en mano, comenzó a ir para no sentiré solo y descubrió de inmediato que fuera por la apariencia, el acento o algo en el aire en que se presentaba, llamaba la atención. No era raro que terminara la noche en el apartamento del acompañante de turno que había conocido horas antes.
Sino sucedía algún encuentro casual, o no le apetecía lo que encontraba, los pasos lo llevaban a Malasaña. Era ya generalmente de noche, o al menos de seguro había oscurecido. No muchos se animaban a aventurarse a Plaza del Dos de Mayo a esas horas. De verde había poco, y el gris del cemento ganaba metros a todo lo alto y ancho del lugar dando un aspecto de obra en construcción sin terminar, que remataba en juegos para niños haciendo esquina con dos calles, construidos con tan rústicos elementos, solo caños de acero, que resultaban completar la pintura de degradación. En esa época la plaza contaba con una especie de anfiteatro de no muchos escalones, pero suficientes como para esbozar el semicírculo tan característico. A esas horas no había presentaciones artísticas. Sin embargo, pintorescos personajes ponían el bizarro espectáculo noche tras noche.  Drogadictos y rateros salían de entre las piedras y arbustos y la tomaban de un zarpazo. Daniel no tenía miedo. Allí tuvo las primeras experiencias con la marihuana, el éxtasis y la coca. Nada muy fuerte porque el tiempo y el dinero de que disponía no le alcanzaban para más. Pero sí que experimentó.
Toda esa época fue de experimentación en realidad; sexual, sensorial, intelectual y social. Se sentía por primera vez cómodo en su piel. En ocasiones, se daba asco a si mismo también. No le importaba. Intuía que él o la situación no durarían como para que se agrave y lamentarse. Tenía razón. Así como entró, salió de todo eso de un día para el otro.
Era viernes. Había comenzado como siempre de entre copas en bares. Conoció a un brasilero bajito y fibroso, de cuerpo atlético y sonrisa de guasón. Cuando salió del bar, éste lo siguió a unos pasos de distancia hasta Malasaña. Ya en la plaza se le acercó sin la menor delicadeza, lo tomó de la cintura, y le tocó el sexo mientras intentaba besarlo. Daniel se dejó llevar. En un rato habían vuelto al bar del que salieron. Se encontraron con una amiga del brasilero. Una rubia exuberante de senos grandes y firmes y ojos de fuego vestida de pies a cabeza en cuero negro tan pegado al cuerpo que parecía una segunda piel. Ella era de República Dominicana y lo demostraba con un acento tan dulce como caliente. Ofrecieron llevarlo al apartamento del brasilero para continuar bebiendo la noche. Cuando salieron a la calle tomaron para un callejón doblando la esquina, donde se encontraron con una camioneta algo desarmada. Daniel quedó encerrado en la caja, sin ventanas, con lo que sentía eran varias botellas. La razón, o excusa, fue que adelante no había espacio suficiente para los tres. No temió. Le pareció algo raro peor no se inmutó. Sólo se dio cuenta de lo surrealista de la situación momentos después cuando por el ajetreo de la camioneta no podía mantenerse sentado en los montículos que usaba a manera de asiento. Fue como despertarse de un trance. Ni siquiera conocía los nombres de sus nuevos amigos. Se asustó por primera vez— ¿A dónde lo llevaban? ¿Qué le harían? Abrió una botella que tenía entre las piernas. Estaba tan oscuro que no pudo leer la etiqueta. La probó de un trago, sin dudarlo; era champagne. Siguió bebiendo hasta que la camioneta hizo un alto definitivo. No tenía la remota idea de cuánto tiempo había pasado. La puerta de la caja se abrió y allí estaban el brasilero y la dominicana, ambos con enormes sonrisas y ojos brillantes.
Subieron los tres al apartamento. La dominicana no se iba. Abrieron más botellas. Comenzaron a tocarse, todos, indistintamente de quien pusiera las manos en cual parte de que cuerpo. Luego se quitaron las chamarras y camisetas, seguidos por calzados y pantalones. Terminaron los tres en ropa interior, la dominicana sin sostén exhibiendo dos prominencias perfectamente esculpidas que tentaban la boca de cualquiera. Se besaban, apretaban los cuerpos unos contra otro, a veces los dos muchachos, otras veces alguno de ellos con la hembra, y otras los tres. Improvisaron un sofá y la alfombra en el suelo como lecho. Se arrancaron entre si lo poco que les quedaba para estar desnudos.
Después de algunos juegos sexuales, Daniel cedió al alcohol y cerró los ojos para entregarse a un sueño profundo. Cuando volvió en si era de día. Estaba solo en la habitación, desnudo sobre el sofá, sus cosas regadas por el piso. Se levantó y escuchó la ducha. El brasilero le gritó acto seguido preguntándole si ya estaba despierto. Contestó que sí y tomó las prendas para vestirse tan rápidamente como pudo. Palpó la billetera en el bolsillo trasero del jean: estaba todo allí, a excepción de unos billetes; pero recordaba que no le quedaba mucho dinero la noche anterior. Luego el brasilero le explicaría que la dominicana había tomado el dinero para hacerse de más bebida la noche anterior pero que había partido sin volver aun.
Esperó como pudo. En cuanto el acompañante estuvo listo, tomó la calle y se despidió cortés pero intempestivamente. No dejó más datos que el nombre de pila. Caminó y caminó hasta que se dio vuelta y el brasilero había desaparecido. Se alivió. Parecía estar entero, posesiones a salvo (a excepción de algunos billetes). Había logrado escaparle al destino…

Tuesday, 10 December 2013

Las 24 horas. Capítulo Ocho (segunda parte): Madrid


Era la primera vez que viajaba tan lejos y solo, y por tanto tiempo. El programa comenzaba en febrero y terminaba a comienzos del próximo diciembre. Como llegaba mes y medio antes para hacerse del lugar—y escaparle a las fiestas con la familia, no hubo mayor comitiva para recibirlo en el aeropuerto. La Universidad anfitriona había enviado a último momento a uno de sus alumnos. Así Daniel dejó el avión, hizo los trámites de migraciones, tomó la maleta y salió a través de las puertas a un hall grande con mucha gente. Algunas de estas personas estaban esperando a todas luces a familiares y amigos debido a las fiestas. Otros, simplemente de negocios. Entre ellos, carteles en varios idiomas. Uno indicaba su nombre y apellido. Ahí estaba Carlos López, el alumno de segundo año que se encargaría de él y su traslado.
Se presentaron brevemente. Daniel cortó la conversación en seco sin formalidad alguna para pedir a su guía que lo lleve cuanto antes al hospedaje. Quería desempacar, darse una ducha, comer algo y salir cuanto antes al ruedo de las calles madrileñas.
Tomaron el Metro desde barajas a la ciudad. Carlos ofreció ir en taxi. Si bien Daniel había mostrado apuro, no era el tiempo lo que lo empujaba. Era conocer, ver lo nuevo. Y el Metro ofrecía mucho más aventura para él que un taxi. Después de todo, seguramente sería el medio de transporte que más usaría intuyó. Así que mejor conocerlo cuanto antes. Luego de dos o tres conexiones y varias estaciones llegaron a Duque de Pastrana. Recordaría por año la voz grabada de la mujer al llegar el metro a esa estación—Bienvenidos a Duque de Pastrana. Años después volvería la misma voz a recibirlo, nostalgias…
Cruzaron la calle inmediatamente pegada a la boca del metro. Una y otra esquina, y a unos doscientos metros un grupo de edificios altos. Se dirigían a la séptima planta de uno de ellos entre varios otros. Al aproximarse a la entrada lo recibió una recepción cubierta de vegetación de hojas anchas y largas. De entre ellas, un pasillo ancho de piedra que parecía abrirse y luego cerrarse en una cueva hacia la entrada vidriada principal. Como en Buenos Aires, se sintió inmediatamente libre. Esta vez, sin embargo, la libertad le dolía un poco.
Carlos metió la mano derecha en el bolsillo para tomar las llaves de la puerta de acceso. Abrió y acto seguido se las pasó a Daniel. Este tomó las llaves con una mano y la maleta con la otra y se dirigió  hacia las puertas del ascensor que vio al final del vestíbulo. Carlos lo siguió sin dar indicaciones pues el otro parecía tan seguro de saber dónde estaba y a donde se dirigía que pensó innecesario hacerlo. Ya dentro del ascensor, Daniel mira la botonera y pregunta sin hacerlo directamente a su acompañante— ¿Qué piso? A lo que el otro responde —Planta séptima. Subieron sin dirigirse la palabra. Una vez en la séptima planta, repitieron el procedimiento refiriéndose al número de departamento para uno, y de apartamento para el otro. Así llegaron al apartamento 26 de la planta séptima. Daniel abrió la puerta y se encontró con un ambiente completamente distinto al que le esperara años atrás en Avenida Córdoba, allá lejos en Buenos Aires.
La puerta principal abría a una gran sala con piso de cerámica blanca y paredes también blancas. Sobre el piso, una gran alfombra con borlas en los bordes. Sobre ella una meza con cubierta de vidrio grueso y cuatro sillas de madera pesada, seguramente algarrobo. De costado, siempre en la misma habitación, un enorme sillón de cuero marrón de tres plazas. Frente al sillón, otra alfombra algo más pequeña que la anterior y sobre ella una mesa también con patas de madera y cubierta de vidrio, pero algo menos y mucho más baja, a manera de mesa de te. La habitación toda, que hacía esquina en el edificio, estaba rodeada de grandes ventanales que daban una magnifica vista de la ciudad de lejos. Al costado de la mesa principal, estas ventanas en particular se abrían a un pequeño balcón con piso de madera y barandas metálicas. Otra mesa, esta vez de plástico y metal y dos sillas, también de plástico y metal. Detrás de la gran mesa, y al costado de la puerta de entrada al apartamento, la cocina. Una mesada de mármol negro en forma de “L”. EL piso de cerámica blanca se repetía; en realidad continuaba la misma habitación. Todos los adminículos de la cocina moderna. Abrió la nevera y para sorpresa de Daniel encontró alimentos frescos como para toda la semana, algunas comidas hechas incluso. Abrió las alacenas que estaban por encima de las hornallas para encontrarlas también completas de cajas y latas con alimentos. Recién allí se dio cuenta que sobre la mesa principal había una carpeta con papeles varios de la Universidad anfitriona y una carta del Decano de la Facultad dándole la bienvenida. Entre tanto, Carlos estaba aún al costado del marco de la puerta de entradas esperando a ser invitado a pasar.
Daniel pasó revista del resto del apartamento. Una habitación con cama doble, armario de algarrobo hasta el techo al costado de la puerta, de frente a la cama. Como cabecera, una ventana enorme. Y a ambos lados de la cama dos mesas similares, también de algarrobo. Toda la habitación con piso de la misma cerámica blanca, pero casi cubierta toda por una alfombra azul oscuro. La última habitación no podía ser otra que el baño. De un lado la ducha, del otro la bañera. Pileta, inodoro, bidet, espejo del piso al techo y de pared a pared, un pequeño mueble debajo de la pileta y otro contra la pared. Se sintió feliz. Volvió a la cama y se arrojó encima. En ese instante recordó a su acompañante. Volvió a la puerta donde Carlos aun esperaba. Lo saludó extendiéndole la mano derecha, y luego de un apretón y un gracias, le dio la espalda y cerró la puerta.

Monday, 9 December 2013

Las 24 horas. Capítulo Ocho: Madrid


La carta, carta que nunca tuvo remitente ni fue enviada, rezaba:

“… sobre qué puedo escribir. Los días pasan lento. El frío es, más que de costumbre, agobiante. Sólo en ocasiones hay suficiente luz solar como para templar el rostro. Casi ya una costumbre, orejas y nariz heladas.

Hoy estoy de camino a Atocha desde Talavera de la Reina. A través de la ventana, vías con miles de viajes en el lomo. A ambos lados, bosques grises sin hojas. Solamente ramas y más ramas tan entrecruzadas que hacen difícil la visión. Entre ellas, pequeños poblados de casas oscuras. Todas de ladrillo de un rojo viejo y opaco, como con musgo. Techos a dos aguas, muy simples y de tejas también negruzcas.

En las estaciones intermedias, donde no se hacen altos, escasa cantidad de personas. Tal vez sea el frío (a esta altura insensible); tal vez la hora (lo olvidada, son casi las dos de la tarde).

///en seguida continúo. Es que parece haber inspección de tickets ahora mismo///

Recordar. Pasiones muertas, sueños eclipsados. ¿Comprendes? Ni vestigios de esa historia. Al menos, nada se mueve aquí dentro. Su rostro, desdibujado. Su voz, olvidada. Sus palabras, arduo resulta encontrarlas.

¿Y duele? No lo sé. Parece que algo. No con seguridad pues aunque no consigue ya despertar esas sensaciones encontradas, algo queda, algo que hace suyas estas líneas.

De tanto en tanto, cada vez más espaciado, la necesidad de pensar un instante en él (sí, él) –aquí el segundo “él” aparece subrayado, vuelve…

Cada día parece tan similar al anterior. Si el cielo no es gris, casi negro seguramente. De tanto en tanto alguna ventana entreabierta entre tanta amalgama de nubes y nubarrones deja entrever algo del celeste cielo al que tanto estaba acostumbrado. De la luz solar escasean las noticias. Ha de ser por eso que la gente aquí es tan pálida. Y si no es esa la razón principal, de seguro contribuye bastante.

También apostaría a que esa falta de luminosidad natural, a la que tan apegados estamos los latinos, seguramente es lo que ocasiona que los lugareños tengan ese carácter tan apocado a esta altura del año, a veces distante, otras ausente, que los hace particulares. En ocasiones me encuentro perplejo ante una charla, simple conversación acerca de cualquier tema y para mi sorpresa, quien sea interlocutor no se expresa a nuestra manera, es decir, directamente. Mas bien es como que en esas circunstancias se ve uno obligado a “leer subtítulos”. Al principio incluso, y en especial si uno no está de visita turística, puede llegar a opacar en algo el júbilo de la experiencia en tierras lejanas. Es cuestión, como todo quehacer humano, de acostumbrarse seguramente. O al menos, eso espero.”

 

Daniel había llegado a Madrid en diciembre. La situación en Buenos Aires se le había hecho insostenible. En lugar de hacer todo cuanto la potencia daba, solamente existía la posibilidad remota de inhalar. Sí, parece increíble pero así era. La sola idea de acercarse a ese recuerdo, ya desmigajado, lo desgarraba. ¿Y por qué continuaba? Creo que, a este punto, podría casi asegurar, porque lo sentía. La vida se transformó en los tres años escasos que pasaron. ¿Para dónde? De seguro, para mal. ¿Lo sabía? Sí; aun en ese estado lamentable en el que pasaba la mayor parte de las horas, un vestigio de humanidad exhalaba de esa persona. Estaba perdiendo todo, si es que algo le quedaba. Es decir, material y familiarmente poseía lo mismo que al empezar aquella aventura. Pero desde él, los lazos que una vez lo unieron con todo lo que conocía y daba sustento a su existencia, habían enflaquecido demasiado. Por dentro, demacrado, obsoleto, inimaginablemente derruido. En el exterior, algo distinto, aunque no todos podían darse cuenta del consumo; él no los dejaba. Y seguía en el mismo lugar de siempre, esta vez sin compañía. El teléfono ya no sonaba. Al menos, no al compás que buscaba. Para peor, le había sido imposible... Muerte de los sueños… ¿Cómo se sigue? Luego que intentamos todo, o al menos así lo creemos, de perseguir aquello a lo que signamos como meta, de posponer o abandonar otras en pos de ésta… y cuando estamos ahí, casi al conseguirla, dependiendo tan solo de nuestra elección, aparece el miedo; el pánico nos invade y… nos alejamos. Se encontraba justamente en uno de esos momentos. No sabía a donde ir, con quien hablar. Pero tenía bien en claro dos cosas: primero, que no podía seguir así; segundo, que debía hacer algo definitivo al respecto. Necesitaba con urgencia un cambio fundamental. Necesitaba aire puro, terminar con las historias sin sentido que se le repetían constantemente en la mente. Necesitaba empezar a vivir de nuevo. O dejar de hacerlo definitivamente. En todo caso, era ya tiempo.

           

Los estudios habían continuado brillantemente. Tan brillantemente que logró una beca para pasar el año siguiente en una institución hermana a la suya pero en España debido a algún convenio internacional de cooperación mutua. Mientras estudiaba, uno de esos tantos días en los que flotaba en los pasillos de la Universidad vio el poster dando noticia de la oportunidad. — ¿Por qué no?—se preguntó. Tomó nota de la dirección de correo en la palma de la mano izquierda, volvió al departamento, puso el curriculum vitae en orden actualizando algunos detalles, redactó una breve carta de presentación y envió todo el material por correo al día siguiente. Un mes más tarde resultaba ser seleccionado para pasar el año siguiente en Madrid. Sus estudios allí serían convalidados en Buenos Aires. No perdía nada. Continuó con las asignaturas que le quedaban hasta el final del semestre así como las costumbres diarias que ya estaban instaladas desde hacía rato. Visitó a la familia por un fin de semana en noviembre para despedirse (no le quedaba más tiempo para hacerlo con la excusa de los exámenes finales, preparativos para el viaje y no recuerdo cuantas otras razones entremezcladas). Ya en Buenos Aires terminó (o exterminó) los exámenes finales. Preparó la maleta el día anterior al vuelo. Fue tranquilo a Ezeiza en tren y ómnibus. Amaneció en unas horas en Barajas.