Friday, 27 June 2014

Aventura o desventura

¿Obstáculos u oportunidades? ¿Muros impenetrables o que hay que saltar? ¿Montañas que admirar de lejos o escalar?

La vida es eso, una serie de eventos afortunados y desafortunados, una miríada de hechos y acontecimientos, actos y omisiones que nos suceden, que se suceden, o a los que les sucedemos. Como en cualquier caso, éstos pueden ser entendidos positiva o negativamente. Hoy no quiero ni siento filosofar o categorizar. Solamente plasmar en tinta y papel aquello que me viene a la mente en esos momentos que todos tenemos alguna vez en la vida en que nos planteamos preguntas como: ¿sigo? ¿empujo un poco más? ¿vale la pena?

Creo que como en todo caso, la respuesta no puede ser más que relativa, dependiente del quien, que, cuando. Tampoco intento o pretendo aleccionar; solamente pensar en voz alta.

Por eso, más allá del quien, que, cuando, prefiero, elijo siempre arrepentirme de haberlo hecho, intentado, que de dejar de lado el desafío. Pero no cualquier desafío, cualquier encuentro con lo nuevo, lo diferente, o lo inesperado. De esos no me ocupo aquí. La vida misma o los otros los hacen aparecer constantemente. Me refiero más bien a aspiraciones personales que, distinto a otras superficiales, o de momento, nos tocan el alma, o son parte de ella.

Primero, escribo aspiraciones y no sueños pues coincido con lo que alguien me dijo hace tiempo de la distancia entre aspirar a algo y soñar con algo. Pues si bien aspiraciones suena a algo promisorio, solamente lo es en potencia. En cambio, cuando soñamos, algo comienza a gestarse dentro nuestro y provoca una especie de necesidad por obtenerlo, lograrlo. De allí al planeamiento y la acción, o la sola acción estamos a un paso. Por eso, muchas ideas quedan en aspiraciones; esto es, mera potencia y virtualidad absoluta. Pero los sueños llevan esas meras aspiraciones teóricas a un punto más cerca de la realidad, sin ser del todo aun un hecho.

Luego, el o los problemas. Y es que si mantenemos el statu quo, el mundo que nos rodea, nuestro mundo, lo que es a nuestro alrededor, en principio podemos coincidir en que los obstáculos que encontraremos serán aquellos que cualquier persona en la misma situación encontraría. La vida me arroja, nos arroja, en principio, las mismas vicisitudes. Pero si agregamos a la ecuación nuestros sueños, nuestra manera de ver el mundo, aquello que nos define en esencia y que nos distingue de todos, del todo, es allí cuando espontáneamente se crean obstáculos en nuestro camino. ¿Por qué en nuestro camino y no en el del otro? Pues por ello mismo; la respuesta es implícita en la pregunta. Porque es nuestro camino y solamente nuestro.

Podemos compartir estaciones, razones, o la vida misma con alguien o algunos otros. Sin embargo, ellos no “verán” el mundo de la misma manera ni nosotros como ellos más allá de lo afines que seamos. Sutiles grises y azules, asperezas donde alguien observa calma y suavidad, y de allí, obstáculos donde otro encuentra aventura y muros por derribar, saltar, o escalar.

Entonces, de seres distintos y un mundo circundante similar a todos resultan tantas miradas y formas de vivir ese mundo cuantas miradas diferentes existan. Si en principio, consideramos que cada uno tiene una mirada particular, una esencia que lo hace ser lo que es, de ello sigue que habrán tantas formas de “vivir”, experimentar, ser en el todo como individuos sean.

Gran problema colateral: “como individuos sean”. Y me pregunto: ¿cuántos individuos son? Considero que el hecho de existir no implica directamente el ser. Pues el existir depende de la voluntad de otros−o no−los que llamamos padres. Sea la decisión tomada o puro accidente, nacemos, comenzamos a existir. Esto es, ocupamos un cierto espacio en el todo, y lo hacemos a un determinado tiempo−o lo hicimos, o posiblemente lo haremos. El ser es más sutil. Insisto, sutil; no complicado, mágico, o etéreo. Y es que todos podemos ser. El gran asunto de la humanidad es que no todos son, no todos somos.

De allí que observemos individuos que quieren ser cuando ya son-o tienen, mejor expresado, todas las condiciones para ser. Ergo, aspiran a lo que no son, sueñan sueños que poco tienen que ver con quienes son, y ponerlos en práctica o no, lograrlos o no, poco hacen a la diferencia, a su diferencia en el nivel del ser. ¿Por qué? Porque siguen una historia que les han contado, un ejemplo que les han mostrado, algo que han escuchado… han sido “culturizados” de manera tal que no reconocen lo que son de lo que no son. Y, si no reconocen lo que son de lo que no son, ¿cómo entonces pretender que puedan discernir las aspiraciones que los hacen ser de aquellas y aquellos que nada o poco tienen que ver con quienes son?


Pero bueno, parece que me entretuve en un paréntesis de las aventuras y desventuras y me quede con una meditación respecto al ser. A ver si la próxima guardo más la línea. Nos vemos…

Friday, 20 June 2014

Cumplir un sueño

Cuando somos aun niños escuchamos frases como “cumple con tus sueños”, “no dejes pasar la vida sin hacer lo que quieres”, “sigue tu corazón”, y tantas otras. Lo incoherente es que años más tarde cuando intentamos hacerlo, la mayoría nos mira raro, frunce el seño, y aparecen otras frases como “no creo que puedas”, “si fuera tú me conformaría con…”, “quédate donde estás que es más cómodo”, y demás.

¿Cambiaron? ¿Cambiamos? Para nada. En la propia experiencia he encontrado la respuesta. Todos soñamos, todos tenemos aspiraciones, y más cuando somos pequeños y el mundo parece no tener límites. Y es que no los tiene.

Pero al crecer, las auto-limitaciones comienzan a aparecer, primero en forma de elementos externos, principalmente el otro, hasta que hacen su camino a través del ser y corroen en lo profundo. Es difícil verlo claramente cuando recién nos abrimos al mundo pero la mayoría tiende a conformarse y no entiende bien cómo es que hay seres que pese a los años, los imponderables, y las circunstancias externas, siguen con tesón (y muchas veces, sólo con eso) aquellos sueños que tuvieron cuando niño.

Creo que eso, de alguna manera, los mantiene jóvenes, vivos, alegres, pero también los obliga a andar de tanto en tanto por caminos solitarios. Y no es que el resto tenga algo en contra o quiera nuestro fracaso. Lo he entendido con el tiempo. Mas bien, el resto no puede dejar de comparar que dadas las mismas condiciones, alguien más, ese otro, dejó comodidad y seguridad, y ellos se quedaron sentados, soldados, al costado del camino.

Debo hacer un paréntesis para aclarar que no creo que uno sea un héroe y el otro un villano. El único elemento negativo, funesto, lo observo en la innecesaria comparación. Cada uno es dueño, director, guionista, y productor, a más de actor principal, de su propia historia. Si la historia que decidí vivir tiene que ver con una familia, una casa, un coche, y un perro, perfecto. Así como también si la historia que escogí me lleva a la luna. El gran déficit humano es en intentar cargar las miserias propias por decisiones no tomadas, riesgos no intentados, los sueños abandonados en potencia, traicionados, en las espaldas de alguien más.

Tú allí, yo aquí. Pues yo estoy aquí seguro que lo elegí. Imagino que tú también y por eso estas allí. Pues el resultado de nuestro ahora, del hoy que vivimos no es más que el producto de la suma (o resta) de nuestras decisiones, y consecuentes acciones y omisiones.

El secreto: pues que no hay secreto. Vuelve a ser niño, se feliz con tus elecciones, acertadas o erradas. La vida se escribe siempre en borrador y no tendrás tiempo ni oportunidad de pasarla en limpio. Si erradas, llora un poco si te hace sentir mejor, y sigue jugando. En definitiva, la vida (al menos esta)  es eso, un juego, el gran juego.  ¡Que no te hagan creer en roles! ¡No te la tomes en serio! Antes que médico, lavandera, o presidente has nacido niño, has nacido tú. Y no hay, hubo, o habrá otro tú tan tú.


Se feliz, ocúpate de hacer felices a los que te rodean, y a los que vas encontrando en el camino. Átate a un sueño, no a un objeto o a una persona. Y anda, camina, gatea, vuela, o quédate quietecito. Tu historia es eso, tuya, de nadie más. Si tiene límites, destrúyelos. La chance es que los has creado tú. Pues pese a que existan situaciones ineludibles, la decisión entre dejarnos secar y seguir floreciendo a través de la aceptación de lo que es, fue, es y será siempre tuya. Lo único que puede detenerte, limitarte, en definitiva, eres tú mismo. Se tu amigo, tu compadre, tu cómplice, tu soporte, tu luz. 

Ilumina tu camino, que iluminando tu camino iluminas el de los demás.

Monday, 16 June 2014

Presente

Un día de esos, como tantos otros, me levanté al alba como de costumbre, sin razón alguna en particular. Sin embargo, desde que abrí los ojos sentí algo distinto, en el aire… no, no en el aire ni en el ambiente. Más bien dentro, en mi.

Me incorporé del lado izquierdo de la cama, miré los despertadores, eran pasadas las 6:30 am. Desde la ventana hacia la izquierda de la cama asomaba un cielo gris, pero no amenazaba con lluvia. Tardé unos segundos, me incorporé y fui al cuarto de baño. Como cada mañana cepillé los dientes, enjuagué el rostro con agua fría luego de la afeitada, pero esta vez, al detenerme en el espejo y ver el reflejo algo había cambiado. No era visible, más bien una sensación. Me miraba, me observaba, pero no era la misma imagen de cada día. Extrañamente, no estaba sorprendido.

Bajé las escaleras, preparé el desayuno teniendo en cuenta perfecto balance entre proteínas, carbohidratos, y grasas. Cada movimiento, cada detalle, cada parte del procedimiento, como siempre aunque distinto. La cuchara de madera se mostraba áspera, los huevos al romperse contra la sartén sonaban a pequeños estallidos, hasta el liquido semi-coagulado que dejaban detrás parecía traer consigo un quejido sordo. Los aromas llenaron la habitación, invadieron los sentidos. Cuando sentado a la mesa, cada bocado era diferente al anterior y al que seguía. Y mientras mascaba, una danza de aromas y sonidos de aquí, allá, y más lejos entretenían el caos circundante.
Como de un sueño, en un instante de lucidez entendí perfectamente que lo que el ambiente abría al juego estaba allí acompañándome de seguro cada mañana. Y sin embargo, esta vez la profusión de colores, sabores, músicas y ruidos lo invadía todo, me invadía. Y yo me dejaba invadir.

El día entero transcurrió como cualquier otro. Vestirse, tomar el transporte de A hacia B, trabajar, diálogos en piloto automático, más trabajo, transporte de B hacia A, y vuelta a lo familiar, al hogar. Toda la sucesión de eventos era, había sido parte de aquella rutina diaria que me había acompañado por años. Algo había cambiado. Estaba como desdoblado. Sí, eso, desdoblado es la expresión que cabe. La parte inconsciente, o física, por llamarla de alguna manera, continuaba con las actividades y hechos del día, interacciones con otros, el hacer y el no hacer. Pero esta vez existía otra parte, más consciente, más presente, no necesariamente en el mismo cuerpo físico, mas era evidente en alguna otra forma de presencia, de existencia. Me sentía, sabía observado, mirado, oído, escuchado. Y lo que resultaba de esas observaciones y escuchas no hacia más que incorporarse, volcarse gentilmente en el mismo ser que era observado, escuchado, en este ser que ahora mismo escribe estas líneas.

[…]

Frente a mi, el infinito. Si bien observo, reconozco un muro a unos metros por delante, sé que hay continuidad detrás, más allá; lo intuyo, lo percibo. Es cierto, no lo veo. ¿Necesito hacerlo? Tampoco. Y no es que sea un conocimiento que viene de experiencia previa, el haber estado del otro lado, o alguna teoría. Está allí, y cada célula, cada átomo que compone las células que me forman lo saben.

Los sonidos. En principio, si continuo con lo diario, absorto, nada. Me detengo. El refrigerador, voces de vecinos, alguna mascota, alguien aparcando, y más. Todos a una vez primero. De la nada a la profusión, a la sinfonía de ruidos cotidianos. Luego, los elijo. Sí, comienzo a jugar, doy mayor atención a uno en particular y los demás se ocultan, enmudecen. Siguen allí, de seguro. Como un ente, como una figura con distintos velos. Tomo uno, dejo el otro, juego con el todo. Descubriendo la verdad dentro de cada cosa, momento, sensación, acto u omisión. Y no es más difícil o complicado que quedarme quieto. O mejor, puedo aun moverme, pero con el mundo, y no solamente estando dentro, sin siendo parte del todo.

¿Será eso que llaman estar presente? Posiblemente. ¿Es esto estar “iluminado”? No lo sé. No me siento distinto que ayer, que hace un año, que hace un momento. Sí, la percepción, mi percepción cambió. Es decir, el modo, la forma de percibir de seguro son las mismas−mis ojos, oídos−mas el grado o nivel de atención que doy a aquello que percibo es indudablemente diferente.

Otro elemento que noto, el tiempo. No lo he pensado antes, pero este mismo momento parece inmóvil, eterno, tranquilo. De alguna manera el resto del mundo sigue; lo observo, lo escucho, lo huelo. Pero el que no se mueve es este que escribe, soy yo. No físicamente, mas bien en tiempo. Es algo así como estar en el centro de un huracán−imagino. Todo alrededor sigue siendo, asumo que también yo lo hago, pero en dos tiempos distintos, en un mismo momento. O al mismo momento, peor a dos velocidades distintas.


Para confirmarlo mi mente científica, algo incrédula por cierto, me lleva a chequear el reloj en la pared. Efectivamente, 10 minutos más tarde que antes, y 20 minutos más tarde que la primera vez que hice el experimento. Mas debo confesar que los primeros 10 minutos se sintieron breves, muy breves. En cambio, los segundos 10 minutos pasaron tan lento…

Monday, 9 June 2014

Penumbras

Hoy, como ayer, como mañana; y se seguro cualquier otro dia
sin sentir, sin pensar, sin vivir pero respirando.
Como seguir? Y simplemente sigo; como hacer? Y simplemente hago.
No se bien para donde sigo, es cierto…
Tampoco tengo en claro que hago; lo hago…
                                                                                              
Es que la vida, una tras otra batalla, me ha quitado la algarabía?
O mas bien, este ser ha ido mutando, adaptando?
No lo se, no tengo respuesta; o mejor, si es amargo el trago
no me he dado cuenta, o no he querido hacerlo. La vida me deja atrás en un tiempo muerto
poco, nada importa, el que fui, el que soy, el que en penumbra embriago.

Y es que asi como completa oscuridad puede el ser descascararnos
total luminosidad puede, nos deja ciegos.
De que sirve la luz si no veo?
De que sirve la oscuridad si no veo?
No se cual es la solución, tal vez el tiempo…
Pero el tiempo no espera, y sigue tortuoso, impasible…
Como recuperar esa magia de lo irresponsable?
Como regresar a lo que era antes de esto que siento?
Si aunque pudiera hacerlo, ya no soy el que leo.
Aquel que fue, es hoy no. Y el que es, hoy solo parafraseo.
Cuanto mas acumulamos, cuanta mas luz, por el contrario, mas legos
entre el mar y el horizonte, de marron y azul, los sentidos parecen escaparnos.

Quisiera, añoro, me desespero por terminar en una nota alta.
En coloridas frases, en mensajes de esperanza encaramados.
Mas no, el alma se engarza en lujuria, en profusa falta
entre sueños que nunca serán y esa confianza algo idiota y pueril de dulce y oscuros descaros.

Wednesday, 12 February 2014

Las 24 horas. Capítulo Final: Cerrando Círculos


Pasaron tantos años, creo que 16. La vida siguió. Daniel volvió casi cada año a San Miguel. El resto de la familia sigue allí. Amigos y compañeros de la infancia también. Las costumbres diarias casi no han cambiado. Al principio le producía una cierta nostalgia volver. Hace tiempo había escuchado una frase que decía algo así: lo difícil de volver cuando uno se ha ido mucho tiempo no radica en que las cosas hayan cambiado mas en que aun sigan igual. Cuando lo escuchó por primera vez lo entendió literalmente. Y sí, tuvo miedo de volver. Cuando llegó, quiso huir. Se ahogó en su propio ser esos días. Ahora comprendía: la frase no se refería a los demás. Se refería a él.
Es que aventurarse al mundo como lo hizo y volver al punto de partida siendo el mismo definitivamente hubiera sido triste. Debería ser por eso aquellas sensaciones encontradas hace tiempo. Pero, con las cosas y personas y situaciones que había vivido, sobrellevado y soportado o que le pasaron por encima en el trayecto, hoy se sentía cansado pero sólido por primera vez en la vida.
Vivía en Buenos Aires. Después de idas y venidas, terminó la Universidad solamente un año más tarde de lo planeado (que de todas maneras lo llevó a terminar exactamente de acuerdo al plan oficial de la carrera). Había cambiado varias veces de trabajo. Había sido protagonista en varias camas ajenas pues prefería mantener la suya para el descanso. De parejas, no le aparecieron, o mejor, no las escogió pese a la abundante oferta. Comprendió hace tiempo que la soledad no era su enemiga ni un estado, era una decisión.
A veces la vida nos lleva a lugares físicos y no físicos y debemos entregarnos. La mayoría teme perderse, equivocarse, no volver a encontrar el camino. Daniel se perdió. Se animó a perderse. Pero perderse, entregarse, implica rendirse, dejarse llevar. Cuando nos dejamos llevar y estamos por entero entregados en cuerpo, mente y espíritu, y a la vez logramos ser presentes, fuerzas que todos sentimos, intuimos, mas no todos queremos aceptar, vienen en nuestra ayuda, nos iluminan. La mente se aclara no porque sabemos que la ayuda está en camino sino porque le quitamos poder a lo que nos sucede o acontece. Y quitándole poder simplemente aceptando aquello que nos sucede o nos acontece evitamos envolvernos en situaciones inútiles de pensamientos sin uso. Es que las cosas son como son. Tan obvio, tan simple.
Si sabemos escuchar, si abrimos nuestro entendimiento y confiamos, nos abrimos al mundo, el mundo se abre ante nosotros, nos da las respuestas que necesitamos cuando las necesitamos. Estar presente, ser, no requiere de tiempo… solamente de un cambio interno. Porque cualquier cambio que deseemos ver en el mundo refleja algún aspecto de nuestro ser que queremos modificar.
En esas situaciones es fácil confundir al otro con algo que necesitamos. De allí, el otro pasa de ser sujeto a objeto de alguna de nuestras tantas necesidades. Luego de un tiempo en que las cosas parecerán funcionar bien, el otro se aleja, no se comporta de la manera que buscamos, o simplemente no cubre nuestras necesidades. Aceptar lo que es implica dejar de mentir, de mentirnos y evadirnos. El otro no cubre nuestras expectativas (ni nunca lo hará) porque la respuesta nunca estuvo fuera de nosotros.

Wednesday, 29 January 2014

Las 24 horas. Capítulo Once: Amores extraños


“Ya sabía que no llegaría, ya sabía que era una mentira. Cuanto tiempo que por él perdí… Son amores problemáticos, como tú, como yo…. Es la espera en un teléfono, la aventura de lo ilógico…” Laura canta desde el reproductor de discos compactos. Daniel había vuelto a Buenos Aires, ahora en un departamento amplio entre La Boca y San Telmo.

Techos altos, habitaciones de proporciones generosas, alquilaba la parte superior derecha (la mitad en realidad) de una especie de enredo de edificio. Es que San Telmo y La Boca aun guardan la magia de aquellos días de inmigrantes llegados a la nueva tierra llenos de esperanza con solamente sueños en los bolsillos. Los que llegaban al puerto de Buenos Aires lo hacían justamente por La Boca. Algunos fijaban raíces inmediatamente allí, a metros del desembarque. Y es así que nacieron los conventillos. Primero, a la calle, una puerta ancha y alta o dos puertas angostas y altas, generalmente de madera noble y oscura, a veces con vidrios reparticos de un color impenetrable y picaporte de bronce. Al abrirla, uno encuentra incluso hoy un largo y angosto pasillo de techo alto y piso de lajas o cerámicos cuadrados, generalmente blancos o negros, salpicados de manchas también blancas o negras semejando mármol. Inmediatamente después de la estrechez del pasillo, el gran patio. Muchos, muchos años antes, estos patios contaban al centro con un aljibe. Algunos pocos sobreviven en Buenos Aires. A cada lado del patio, en cada uno de los cuatro costados, puertas: dos contiguas al pasillo, dos a la derecha, dos a la izquierda, y dos al frente. Haciendo esquina entre la pared del fondo y de la derecha, casi a manera de acuerdo implícito entre los constructores de la época, los piletones para lavar la ropa a mano, con dos o tres canillas que sólo contaban y cuentan con agua fría. Junto a los piletones, la escalera algo angosta lleva al primer piso. La distribución de puertas se repetía.

Daniel había logrado ponerse en contacto con uno de los inquilinos, Marcia López, gracias a una nota a mano alzada a manera de aviso que encontró fijada en la Facultad entre tantos otros avisos. Marcia, como tantos otros estudiantes y trabajadores del interior, se había mudado a Buenos Aires en busca de un futuro mejor. La dueña del conventillo la había designado como administradora de hecho, cosa que a Marcia le venía bien pues a cambio contaba con un techo a mitad de precio de manera que podía ahorrar parte de lo que recibía como moza para enviar a sus padres, ya ancianos. Además de Marcia, prostitutas, bohemios, drogadictos y profesionales completaban el pintoresco paisaje.

Le tocó en suerte la puerta del primer piso, la del fondo a la derecha. Digo puerta pues no era solamente una habitación. Al abrirla daba al primer cuarto, que a su vez se comunicaba con otro algo más pequeño, la pieza. Del otro lado, otra puerta que daba al baño, compartido con la siguiente habitación y el inquilino de turno. El precio fijado por el alquiler más que razonable. La crisis en que Argentina caía de nuevo y la mala reputación del barrio, o al menos de esa parte del barrio, ayudaban. Y luego de vivir en Madrid entre locos y cuerdos, esto le pareció un paraíso.

 

Se había recibido. Trabajaba en una compañía importante en el centro, una multinacional que prometía una carrera que lo llevaría por varios rincones del mundo. Era cierto, poco más de un año de comenzar con ellos tendría el ofrecimiento de ser trasladado a la sede principal en Madrid, cosa que haría sin dudarlo.

De la familia, poco y nada de contacto. Seguía manteniendo la comunicación telefónica semanal con el padre más por costumbre que por sentimiento. El padre vivía ahora solo en la gran casa familiar, y como esos muebles que quedan arrumbados y en desuso y nadie recuerda, lo encontraba cada día en los mismos lugares con las mismas rutinas esperando reencontrarse cuanto antes con la compañera que se había ido de viaje. Con los hermanos el contacto era inexistente. Los vería de hecho en ocasión del funeral del padre años mas tarde.

 

Amigos no tenía en Buenos Aires, en Madrid, y en San Miguel eran aquellos de una infancia olvidada, dejada atrás, muy atrás. No había razón alguna para volver a ella. Conocidos a montones tanto en la Facultad como en la multinacional. Cenas de negocios, almuerzos a las corridas entre reunión y reunión, algún que otro café con colegas y clientes lo llevaron a tejer una telaraña de contactos invisible pero tan sutil como sólida. Le permitiría tener una carrera meteórica con dirección a Madrid.

 

Relaciones de pareja, esporádicas si merecen algún mote. Por desanimo, por miedo, por no echar el ancla, por seguir volando, u otra razón, o todas ellas juntas, no había relación que le durara. Al principio, cuando volvió a Buenos Aires, hizo como en Madrid. El sexo por deporte y esporádico le venía bien para descargarse y conocer cuerpos ajenos y el propio. Luego de hartarse ya que más calidad era cantidad, sin hacer asco de nada ni nadie, terminó por completo con esas aventuras. Para cuando lo hizo, contaba con una agenda completa de regulares para saciar el vientre. Del alma no se ocupada. Estaba tranquilo, en su centro. Entendía bien ahora que no era el tiempo de amarrarse a otro ser, que nunca lo sería. Y entendió finalmente que aquel tiempo de Pablo, aquellos años en realidad no fueron más que una estratagema inconscientemente diseñada, inteligentemente creada para mantenerlo vivo, esperanzado en algo, en alguien, que era inexistente, o mejor,  creado, pero que a la vez le daba entidad, lo hacía sentir ser. Solamente luego de dar tumbos y círculos en la vida que lo harían pasar por las mismas situaciones una y tantas veces lo abrirían al entendimiento final que lo haría trascender más allá de los demás, de las circunstancias. Se desidentificó. No necesito más de Pablo, ni de ningún otro u otra. No necesitó de Madrid, Buenos Aires o San Miguel para definirse. Se perdió. Y solamente cuando se perdió entendió, se encontró.

 

 

 

Wednesday, 22 January 2014

Las 24 horas. Capítulo Diez (segunda parte): Vuelta al "Tren a Ezpeleta"


 

Primero fue un cuchicheo. Se abstrajo observándolo todo en la habitación. Mas ahora, el tono de voz del padre aumentaba con cada frase. Indudable, Pablo no tenía intención alguna de salir al encuentro. O al menos eso parecía.

Al rato el padre sale por la misma puerta por la que había desaparecido. Le comenta que Pablo ya llegaba, que había estado indispuesto o algo así y que por eso se demoraba, que le pedía disculpas, y algunas explicaciones más que sonaban a pretexto.

Recién en ese momento el padre se da cuenta que no había ofrecido si quiera agua al invitado, quien hacía ya casi una hora estaba sentado a la mesa esperando. Cuando por fin iba a hacer la pregunta, aparece Pablo. Como si alguien le hubiera hecho un gesto o dicho algo, el padre saluda a Daniel y sin más se despide, saliendo por la puerta de entrada.

Primero, silencio. Pablo dio unos pasos pero luego se quedó inmóvil a la cabeza de la mesa, sin decir palabra. Daniel se incorporó. Había imaginado este momento incontables veces. Lo había ensayado, modificado, y vuelto a ensayar mentalmente. Ahora que estaba allí solamente atinó a levantarse, dirigirse hacia Pablo y darle un beso en la mejilla como si se hubieran visto el día anterior. Volvió a su lugar, se sentó. Pablo tomó asiento también. Sin palabras aun.

Daniel inició la charla con preguntas generales y en piloto automático, sin prestar atención alguna a las respuestas— ¿Cómo estás?, ¿Qué es de tu vida?, ¿Cómo anda el trabajo?, y demás protocolo social. El otro, apenas contestaba—bien, todo igual, algo lento con esta crisis. Acto seguido, Daniel hizo un resumen de acontecimientos desde el día en que se conocieron hasta los últimos eventos. A Pablo poco le interesó el relato. De hecho sólo pareció importarle la mención de Madrid. Pasó por alto Buenos Aires, la Universidad, la situación familiar, y todo el resto. Pero, cuando mencionó Madrid, se le abrieron los ojos y cambió hasta la postura, se sentó erguido. — ¿Cómo es Madrid?, ¿Los españoles?, ¿Se vive bien?, ¿Hay trabajo?, ¿Cómo es la noche madrileña?, ¿Se liga?

A Daniel le resultó extraño. Sintió algo definitivamente raro, pero no entendió porque en ese momento. Lo haría tiempo después. Ahora, como parecía ser el único tema de conversación que despertó el interés del interlocutor, procedió a dar detallada cuenta de cuanta información le era requerida. Tanto fue el interés por las salidas nocturnas, fiestas privadas, y demás experiencias con otros que tuvieran que ver con lo sexual y el places que Daniel comenzó a sentirse incómodo y, a la vez, sin respuestas. Si bien su experiencia era basta, no lo era tanto, y tampoco le interesaba dar cuenta de ella. No había participado de eventos así, y de hecho, ni siquiera había pensado acerca de la mayoría. Tampoco se hubiera imaginado hacerlo, no por desconocimiento o temor, sino porque no le interesaba ese estilo de vida.

Cambió de tema abruptamente. El otro intentó seguir con el interrogatorio pero se encontró con un muro, monosílabos o pretendido desconocimiento acerca del tema. La conversación se estancó nuevamente. Daniel sentía sobrar allí. No por incomodidad o no ser bienvenido. No era ese su lugar. Cada partícula del ser se lo estaba diciendo, gritando. Se incorporó, preguntó la hora, y sin escucharlo, dijo que era tarde, que tenía que volver a la estación a tomar el tren de vuelta a Constitución.

Pablo, como salido de un trance, se perturbó algo por el cambio de dirección. Estaba acostumbrado a guiar, marcar la dirección, y no entendió bien esa falta de cooperación. Ofreció acompañarlo hasta la estación primero, y luego de la negativa de Daniel a la oferta, insistió enérgicamente— ¡es lo menos que puedo hacer después de tantas molestias que te has tomado!—Daniel asintió con la cabeza pero no pensaba. Ya tenía la mano en el picaporte de la puerta de entrada y estaba listo a emprender la vuelta. En su interior había terminado la página, la había dado vuelta, y se había encontrado sin esperarlo con el final del capítulo.

La próxima media hora la pasarían caminando y esperando el tren, sin mucho intercambio de palabras. Daniel no tenía deseos de continuar hablando. Sentía que cada frase era un esfuerzo, y con cada una se cansaba. Pablo mostraba seguir interesado pero solamente en un tema: cómo llegar a Madrid y establecerse allí y, de ser posible, trabajar en la noche. Daniel ya no escuchaba. La voz del otro pasó a mezclarse con el sonido ambiente. Primero, impaciente por la llegada del tren. Luego, abandonado en su cuerpo, con una sensación de calma que no había sentido hace tiempo y que, sin embargo, era la primera vez en que le era evidente. El interlocutor estaba físicamente a su lado pero podría haber sido cualquier otra persona en cualquier otro lugar. Estaba más allá. No se esforzaba en ignorarlo, le era indiferente en lo absoluto. Tampoco era asco lo que le producía, ni lástima, ni rechazo. Era nada. Llegó a preguntarse asimismo qué hacía allí, quién era ese a su lado que le estaba hablando, que movía los labios y le dirigía la mirada.

El tren llegó puntual. De tres pasos, Daniel se acercó a uno de los vagones y tomó el estribo para subir. Sintió una mano en el hombro derecho que le impidió hacerlo. Era Pablo. Comprendió que había sido acompañado a la estación. Recién en ese momento entendió que estaba en Ezpeleta. Reconoció al que estaba frente suyo mirándolo. Lo sobrevino una sensación de profunda incomodidad. El otro se le abalanzó para abrazarlo y despedirse. Daniel se hizo a un costado y extendió el brazo para darle la mano. Pablo, perplejo, estiró el brazo también. Se saludaron como dos colegas despidiéndose al terminar una reunión de negocios. Daniel le dio la espalda, tomó el estribo, y en tres o cuatro trancos, desapareció en el vagón. El tren comenzó a moverse lento. Una, dos, tres pitadas. Pablo quedó parado, inmóvil, hasta que el tren se desdibujó a la distancia.